Diario de un escritor

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En suma, la justicia moderna no sólo es la victoria o el fruto supremo de la inteligencia, sino también un instrumento de lo más sutil. Imposible no estar de acuerdo con tal apreciación. Además, los juicios son públicos; centenares de personas acuden a presenciarlos… ¿Y acaso puede pensarse que el único motivo de esa afluencia es la ociosidad, el gusto por el espectáculo? Claro que no: cualesquiera que sean las razones de su presencia, es necesario que partan con una impresión elevada, poderosa, edificante y saludable. Sin embargo, todos ven que el sistema se basa en una suerte de mentira… ¡Ah, no en el juicio, desde luego, y tampoco en el significado de la sentencia, sino simplemente, digamos, en ciertas prácticas copiadas de Europa con la mayor despreocupación, que han arraigado en nuestros representantes de la defensa y la acusación! Me vuelvo a mi casa y una vez allí me digo: «Conozco personalmente al fiscal, Iván Jristofórich; es un hombre muy inteligente y bondadoso, y sin embargo ha mentido, y sabía que estaba mintiendo. Ha convertido un caso que habría requerido una amonestación o un par de meses de cárcel en un crimen digno de veinte años de exilio en un lugar remoto. Supongamos que todo eso fuera necesario para aclarar el caso, pero de todas formas ha mentido, y lo ha hecho conscientemente, cuando estaba en juego la vida de un hombre. Cómo se puede aceptar algo así, sobre todo teniendo en cuenta que es un hombre de talento. Pues il en reste toujours quelque chose[97], sobre todo si la defensa no es muy competente y sólo sabe aporrear sillas. Supongamos incluso que Iván Jristofórich se haya dejado llevar por su amor propio, debilidad puramente humana, pero ¿puede servir eso de excusa en un caso de tanta gravedad? ¿Qué ha pasado con el hombre, el hombre superior, humano, civilizado?».


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