Diario de un escritor

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Me convierte usted en blanco de sus malignas bromas, señor «Observador», por una frase de mi artículo sobre la absolución de la acusada Kornílova. Dice usted:

«El marido de la mujer absuelta —escribe el señor Dostoyevski en el número del Diario que ha salido hace unos días— se la llevó a casa esa misma noche, después de las diez, y ella, volvió a entrar feliz en su hogar.» ¡Qué conmovedor! —añade usted—. Pero pobre de la niña, etc., etc.

No me considero capaz de escribir semejante bobada. Es verdad que cita usted una frase mía sin quitar ni poner nada, pero cortándola por la mitad y añadiendo un punto donde no lo había. De ese modo, le da usted el sentido que deseaba. Pero en mi escrito no hay ningún punto en ese lugar, la frase continúa, falta todavía la mitad; y creo que con esa otra mitad que ha omitido usted, la frase no es tan estúpida y «conmovedora» como parece. He aquí la frase que escribí, pero íntegra, sin cortes:

El marido de la mujer absuelta la llevó a casa esa misma noche, después de las diez, y ella volvió a entrar feliz en su hogar después de un año de ausencia, con la impresión de la gran lección recibida para el resto de su vida y de la intervención manifiesta del dedo de Dios en todo este asunto, empezando por el milagro de que la niña saliera indemne…


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