Diario de un escritor
Diario de un escritor Y vea usted, señor «Observador», estoy dispuesto a reconocer mi error y pedirle disculpas por haberle reprochado que cortara mi frase por la mitad. En realidad, ahora me doy cuenta de que esa frase quizá no sea tan clara como pensaba y que puede malinterpretarse. Requiere una pequeña aclaración, que ya mismo me apresto a ensayar. En este caso, todo depende del sentido que doy a la palabra «feliz». No sólo cifraba la felicidad de la acusada en el hecho de que la hubieran dejado en libertad, sino en que hubiera vuelto a su hogar «con la impresión de la gran lección recibida para el resto de su vida» y la sensación de que se había producido «una intervención manifiesta del dedo de Dios». Pues no cabe felicidad mayor que convencerse de la misericordia de los hombres y de su amor al prójimo. ¡Ésa es una fe sin grietas, que dura para toda la vida! ¿Y qué felicidad más alta que la de creer? ¿Puede acaso esa antigua criminal concebir ahora alguna duda sobre los hombres, sobre la humanidad en su conjunto, sobre su destino sublime y sagrado? Volver a entrar en su casa, en ese hogar en el que ha estado a punto de perderse y de labrar su ruina, y hacerlo con esa impresión poderosísima de una fe nueva y grande, es la mayor felicidad que puede haber. Sabemos que algunos espíritus nobles y elevados sufrieron durante toda su vida porque no creían en el destino supremo de los hombres, en su bondad y sus ideales, en su origen divino, y que murieron sumidos en un doloroso desencanto. Usted, sin duda, se reirá de mí, y es posible que diga que también en este caso estoy dejando volar mi imaginación, que una mujer tan ignorante y tosca como Kornílova, de origen humilde y sin la menor instrucción, no puede albergar en su alma tales desilusiones ni sentimientos tan delicados. ¡Ah, no es verdad! Lo que sucede es que esa gente ignorante no sabe dar un nombre a esas impresiones y explicarlas en nuestro lenguaje, pero las sienten con la misma profundidad que nosotros, «personas instruidas», y acogen los sentimientos que les embargan con la misma felicidad o con la misma tristeza y pesar que nosotros.