Diario de un escritor
Diario de un escritor Lo mismo que nosotros, esa gente puede sentirse desencantada de los hombres, perder su fe en ellos. Si hubieran deportado a Kornílova a Siberia y allí hubiera labrado su ruina y su perdición, ¿cree usted que no habría sentido, en algún momento de amargura, todo el horror de su caída, y que no habría llevado en su corazón, quizá hasta el día de su muerte, un rencor tanto más amargo cuanto que carecía de objeto, pues a nadie podría acusar más que a sí misma? Pues vuelvo a repetirle que, incluso ahora, está plenamente convencida de que es totalmente culpable; lo único que no sabe es qué pudo sucederle en el momento en que cometió el delito. Pero ahora, sintiéndose culpable y teniéndose por tal, al verse de pronto perdonada por los hombres, gratificada con su misericordia y su bendición, ¿cómo no iba a regenerarse, a renacer a una vida nueva, más elevada que la anterior? Pues no la ha perdonado una sola persona, sino que se han apiadado todos, el tribunal, los miembros del jurado y, en consecuencia, la sociedad en su conjunto. Después de eso, ¿cómo no va a sentir durante toda su vida que ha contraído una enorme deuda con todos los que se apiadaron de ella, es decir, con la humanidad en su conjunto? Toda gran felicidad comporta una dosis de sufrimiento, ya que despierta en nosotros una conciencia superior. Es raro que la pena aclare tanto nuestra conciencia como una gran felicidad. Una gran felicidad, me refiero a una felicidad sublime, obliga al alma. (Lo repito: no cabe felicidad más grande que creer en la bondad humana y en el amor al prójimo.) Cuando a la gran pecadora, condenada a la lapidación, se le dijo: «Vete y no peques más», ¿acaso volvió a su casa y siguió pecando? Así pues, en el caso de Kornílova, toda la cuestión se reduce a saber en qué terreno ha caído la semilla. Por eso me ha parecido indispensable escribir ahora este artículo. Cuando leí hace siete meses su ataque, señor «Observador», decidí demorar mi respuesta hasta que hubiera completado mis informaciones. Y creo que, en virtud de los datos que he reunido, puedo decir sin temor a equivocarme que la semilla ha caído en buen terreno, que un ser humano ha resucitado, que no se ha causado ningún perjuicio a nadie, que el alma de la criminal está colmada de arrepentimiento y de la salutífera y eterna impresión de la ilimitada misericordia de los hombres, y que sería difícil, después de haberse beneficiado de tanta bondad y amor, que su corazón volviera a albergar malos pensamientos. Y vuelvo a repetirle, señor «Observador», que ni siquiera trata de justificarse invocando ese indudable «impulso enfermizo ligado al embarazo» que tanto le solivianta a usted. En suma, me pareció que no estaría de más informar de todos estos detalles, no sólo a usted, señor «Observador», sino a todos mis lectores y a todos los hombres misericordiosos que la absolvieron. En cuanto a la niña, señor «Observador», tampoco debe preocuparse ni exclamar: «¡Pobre criatura!». Se le ha asegurado también un buen porvenir y hay fundadas razones para esperar que «olvidará».