Diario de un escritor

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CAPÍTULO SEGUNDO

ILA MUERTE DE NEKRÁSOV. LO QUE SE DIJO ANTE SU TUMBA.

Nekrásov ha muerto. Lo vi por última vez un mes antes de su fallecimiento. En aquella ocasión me pareció ya casi un cadáver, hasta el punto de que se me antojó extraño que hablara y moviera los labios. Pero no sólo hablaba, sino que conservaba íntegra toda su lucidez. Por lo visto, seguía sin creer en la posibilidad de una muerte inminente. Una semana antes de su fallecimiento sufrió una parálisis en el lado derecho del cuerpo, y el día 28 por la mañana me enteré de que Nekrásov había expirado la víspera. Ese mismo día fui a su casa. Lo que más me sorprendió fue su rostro, terriblemente demacrado y desfigurado por el sufrimiento. Al salir, pude oír la voz clara y lenta del salmista, que leía delante del cadáver: «No hay hombre que no haya pecado». Al volver a casa, no fui capaz de ponerme a trabajar; cogí los tres tomos de Nekrásov y empecé a leer desde la primera página. Así pasé toda la noche, hasta las seis de la madrugada, y tuve la impresión de volver a revivir aquellos treinta años. Los cuatro primeros poemas que abren el primer volumen de su poesía aparecieron en la Antología Petersburguesa, donde se publicó también mi primer relato. Luego, a medida que leía (y leía sin saltarme nada), toda mi vida parecía desfilar ante mis ojos. Reconocía y recordaba también aquellos versos suyos que leí por primera vez en Siberia, cuando, una vez cumplidos mis cuatro años de presidio, recobré por fin el derecho a tomar un libro en mis manos. Rememoraba también la impresión de entonces. En resumidas cuentas, esa noche releí casi dos terceras partes de todo lo que escribió Nekrásov, y por primera vez, literalmente, comprendí el importantísimo lugar que Nekrásov, como poeta, había ocupado en mi vida a lo largo de esos treinta años. Como poeta, desde luego. Personalmente no tuvimos mucho trato y sólo una vez hablamos con fervor y sin reservas, precisamente al principio de nuestra relación, en el año 1845, la época de Pobres gentes. Pero ya he contado ese episodio. Entonces compartimos algunos momentos en los que ese hombre enigmático, de una vez para siempre, descubrió ante mí los aspectos más esenciales y ocultos de su alma. Como se me reveló de golpe en aquella época, era un corazón herido desde la más tierna infancia, y esa herida jamás cicatrizada fue el principio y la fuente, a lo largo de su vida posterior, de toda su poesía apasionada y sufriente. En esa ocasión me habló con lágrimas en los ojos de su infancia, de lo mucho que le había hecho sufrir la desdichada vida en el hogar paterno, de su madre. Y la forma en que hablaba de ella, la profunda ternura con que la recordaba, sugerían ya entonces que si había algo sagrado en su vida, algo que pudiera salvarlo y servirle de faro, de estrella polar en los momentos más oscuros y críticos de su destino, era sin duda esa primera impresión de sus lágrimas infantiles, de sus sollozos infantiles compartidos con su martirizada madre, esa criatura a la que tanto quería, a la que abrazaba a hurtadillas para que no los vieran (según me contó). Creo que ninguna relación posterior en su vida pudo influir y ejercer un efecto tan poderoso en su voluntad y en ciertas inclinaciones oscuras e irresistibles de su espíritu que se prolongaron durante toda su vida. Y esos impulsos oscuros se manifestaban ya en aquella época. Recuerdo que poco después nos distanciamos: nuestra intimidad no duró más que unos meses. Diversos malentendidos, circunstancias externas y algunas «buenas personas» contribuyeron a ese distanciamiento. Luego, muchos años más tarde, cuando yo ya había vuelto de Siberia, nos encontramos sólo alguna que otra vez, pero, a pesar de las diferencias ideológicas que ya entonces empezaban a manifestarse, cuando coincidíamos solíamos decirnos cosas bastante extrañas, como si ese sentimiento que había nacido en nuestra juventud, en el año 1845, siguiera vigente y no quisiera ni pudiera desvanecerse, aunque pasáramos años enteros sin vernos. Así, un día de 1863, si no recuerdo mal, me entregó un pequeño volumen con versos suyos y me señaló un poema, «Los desdichados», al tiempo que decía con solemnidad: «Lo escribí pensando en usted (es decir, en mi vida en Siberia), se refiere a usted». Y en fin, estos últimos años habíamos vuelto a vernos de vez en cuando, a raíz de publicar yo en su revista mi novela El adolescente.


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