Diario de un escritor

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En el funeral de Nekrásov nos congregamos varios miles de admiradores. Había muchísimos estudiantes. El cortejo se puso en marcha a las nueve de la mañana y se disgregó ya al atardecer, a la salida del cementerio. Se pronunciaron muchos discursos sobre su tumba, pero pocos escritores dejaron oír su voz. Entre otras cosas, se leyeron unos versos bellísimos. Dominado por una profunda emoción, me abrí paso hasta la tumba aún abierta, cubierta de flores y coronas, y, después de que hablaran los demás, pronuncié unas palabras con mi voz débil. Empecé diciendo que había sido un corazón herido desde la más tierna infancia y que esa herida, nunca cicatrizada, había sido la fuente de toda su poesía, del amor apasionado y hasta sufriente de ese hombre por todos los que padecen la violencia y la crueldad de una voluntad desenfrenada, por el penoso destino de la mujer rusa, por los niños en el seno de la familia rusa, por el hombre del pueblo, cuya suerte es a menudo tan amarga. Expresé también mi convencimiento de que, en nuestra poesía, Nekrásov cierra ese grupo de poetas que nos han aportado una «palabra nueva». En efecto, dejando a un lado cualquier consideración sobre el vigor artístico y el alcance de su poesía, Nekrásov fue original en grado sumo y, en verdad, aportó una palabra nueva. Coincidió en el tiempo, por ejemplo, con Tiútchev, poeta mucho más amplio y mucho más artista que él, y sin embargo, Tiútchev nunca ocupará en nuestra literatura un lugar tan destacado y memorable como el que sin duda corresponde a Nekrásov. En ese sentido, entre nuestros poetas (me refiero a los que han aportado una «palabra nueva») hay que situarlo inmediatamente después de Pushkin y Lérmontov. Cuando expresé en voz alta ese pensamiento, se produjo un pequeño incidente: entre el gentío alguien gritó que Nekrásov era superior a Pushkin y Lérmontov, a quienes calificó de meros «byronianos». Algunos se mostraron conformes y gritaron: «¡Sí, superior!». No obstante, yo no tenía intención de entrar en valoraciones sobre la importancia y los méritos respectivos de los tres poetas. En cualquier caso, esto es lo que sucedió después: en Noticias de la Bolsa el señor Skabichevski, en su mensaje a la juventud relativo al significado de Nekrásov, ha señalado que cuando alguien (es decir, yo), ante la tumba de Nekrásov, «tuvo la ocurrencia de comparar su nombre con los de Pushkin y Lérmontov, todos vosotros (es decir, todos los estudiantes) gritasteis a coro, a una sola voz: “¡Es superior, superior a ellos!”». Me atrevo a asegurar al señor Skabichevski que no le han informado bien, pues me acuerdo perfectamente (espero no equivocarme) de que al principio sólo una voz gritó: «Superior, superior a ellos», y a continuación añadió que Pushkin y Lérmontov eran unos «byronianos», comentario mucho más propio y natural de una sola voz y de una opinión aislada que de un coro de mil voces; ese detalle, sin duda, habla a favor de mi versión de los hechos. Sólo después de que se oyera esa primera voz, se elevaron otras, pero no demasiadas; yo no oí un coro de mil voces, lo repito, y confío en no equivocarme.


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