Diario de un escritor

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IIPUSHKIN, LÉRMONTOV Y NEKRÁSOV

En primer lugar, la palabra «byroniano» no debe emplearse como una injuria. El «byronismo» fue un fenómeno pasajero, pero también grande, sagrado y necesario en la vida de los pueblos europeos, y acaso también en la vida de toda la humanidad. El «byronismo» apareció en un momento en que la gente estaba terriblemente abatida, desilusionada y casi desesperada. Después de los arrebatadores entusiasmos por la nueva fe en los nuevos ideales proclamados a finales del siglo pasado en Francia, la nación más avanzada de Europa en aquella época, se produjeron unos resultados tan diferentes de los esperados, tan decepcionantes para la fe de los hombres, que es probable que jamás haya habido en la historia de Europa occidental una hora tan triste. Y no fueron sólo causas externas (políticas) las que hicieron que los ídolos, levantados por un instante, cayeran de nuevo, sino también su inconsistencia intrínseca, algo que percibían con total claridad los corazones clarividentes y los espíritus avanzados. Aún no se dibujaba ninguna salida nueva, no se abría ninguna válvula nueva, y la humanidad se sentía cada vez más oprimida bajo el horizonte terriblemente bajo y estrecho del viejo mundo. Los ídolos antiguos yacían hechos pedazos. Y en ese preciso instante surgió un genio grande y poderoso, un poeta apasionado. En sus versos vibraba la tristeza de la humanidad de entonces, el sombrío desencanto que albergaba por su destino y sus ideales traicionados. Era una musa nueva e inédita hasta entonces, la musa de la pena y de la venganza, de la desesperanza y de la maldición. El espíritu byroniano de pronto pareció extenderse a toda la humanidad, que respondió al unísono a su llamada. Fue como abrir una válvula de escape; al menos, en medio de los universales y sordos gemidos, en gran medida inconscientes, fue un grito poderoso al que se unieron e hicieron coro todos los gritos y gemidos de la humanidad. ¿Cómo no iba a repercutir también en un espíritu tan grande, genial y descollante como Pushkin? Tampoco en la Rusia de aquel entonces ninguna inteligencia poderosa, ningún corazón magnánimo podía desentenderse de Byron. No sólo por simpatía a Europa y a la sociedad europea, a las que se contemplaba desde la distancia, sino porque en nuestro propio país, en ese preciso momento, se plantearon muchas cuestiones nuevas, insolubles y atormentadoras, que venían a unirse a muchas viejas desilusiones… Pero la grandeza de Pushkin, como genio conductor, consistió precisamente en que, rodeado de una incomprensión casi generalizada, dio en seguida con un camino seguro, encontró esa grandiosa solución por la que los rusos tanto habíamos suspirado y nos la mostró. Esa solución era el pueblo, la sumisión a la verdad del pueblo ruso. «Pushkin fue un fenómeno grande y extraordinario.» Pushkin fue «no sólo un hombre ruso, sino también el primer hombre ruso»[98]. Si un ruso no entiende a Pushkin, no tiene derecho a llamarse ruso. Comprendió al pueblo ruso y discernió su misión con una profundidad y una amplitud que nadie ha alcanzado jamás. Y no me refiero sólo a que, gracias a la universalidad de su genio, a su capacidad para responder a las manifestaciones espirituales más diversas de las sociedades europeas y para reencarnarse casi en el genio de otros pueblos y nacionalidades, dio muestras de la universalidad y la amplitud de miras del espíritu ruso, adivinando la predestinación futura del genio ruso en el seno de la humanidad como principio de unidad, reconciliación y regeneración universales. No quiero mencionar tampoco que Pushkin fue el primero entre nosotros que, en medio de su dolor, exclamó con previsión profética:


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