Diario de un escritor

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parece reconocer que la gente tiene derecho a juzgarlo como «ciudadano». Como individuos, desde luego, nos habría avergonzado juzgarle. ¿Quiénes somos nosotros, cada uno de nosotros? La única diferencia es que nosotros no hablamos en voz alta de nosotros mismos y ocultamos nuestras miserias, a las que acabamos acomodándonos en nuestro fuero interno. El poeta lloraba, acaso, por actos que no nos harían fruncir el ceño si los hubiéramos cometido nosotros mismos. Porque sabemos de sus caídas y de su demonio por sus propios versos. De no ser por esos versos que, en sus momentos de sincero arrepentimiento, no temía divulgar, todo lo que se dice de él como hombre, de su «sentido práctico» y demás, todo eso habría muerto con él y se habría borrado de la memoria de sus semejantes, reducido al nivel de simples habladurías, de suerte que no habría habido necesidad de ninguna justificación. Señalaré de pasada que, para un hombre tan práctico y que tan bien sabía arreglar sus asuntos, realmente no era muy práctico dar publicidad a sus gritos y gemidos de arrepentimiento, así que, después de todo, quizá no fuera tan práctico como afirman algunos. No obstante, lo repito, debe comparecer ante el tribunal de los ciudadanos, ya que él mismo lo reconoció. Así pues, si la pregunta que nos formulábamos más arriba: ¿se contentaría el poeta con esos versos suyos bañados con sus propias lágrimas y se reconciliaría consigo mismo, alcanzando una serenidad que le permitiera volver a ocuparse de sus «asuntos prácticos» con el corazón aliviado, o, por el contrario, esas reconciliaciones serían sólo momentáneas, de suerte que la vergüenza que le producían le llevaría a despreciarse y le causarían un dolor más intenso y amargo que duraría toda la vida? Si esa pregunta pudiera resolverse a favor de la segunda hipótesis, es evidente que podríamos reconciliarnos sin más con el «ciudadano» Nekrásov, pues sus propios sufrimientos habrían purificado plenamente su memoria a nuestros ojos. Claro que aquí surge una objeción: si no estamos en condiciones de resolver esa cuestión (¿y quién sería capaz de hacerlo?), más vale que no nos la planteemos. Pero es el caso que podemos resolverla. Hay un testigo que puede proporcionarnos la respuesta. Y ese testigo es el pueblo.


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