Diario de un escritor
Diario de un escritor ¡Es decir, su amor por el pueblo! Y, en primer lugar, ¿por qué un hombre tan «práctico» iba a sentir semejante amor por el pueblo? Una de dos: o se preocupaba de asuntos prácticos o sufría por el pueblo. Supongamos que no fuera más que un capricho: jugaba un poco y luego se retiraba. Pero Nekrásov no se retiró en toda su vida. Habrá quien diga: «El pueblo para él era su “Hécuba”, un motivo que le permitía llenar de lágrimas sus versos y obtener beneficios». Pero no estoy hablando de la dificultad de fingir el sincero amor que vibra en los versos de Nekrásov (sobre esa cuestión puede discutirse hasta la saciedad), sino que me limito a decir que para mí es evidente por qué Nekrásov amaba tanto al pueblo, por qué se sentía tan atraído por él en los momentos dolorosos de su vida, por qué acudía a él y qué era lo que encontraba. Pues porque, como he dicho más arriba, el amor al pueblo era para Nekrásov una salida para su propio dolor. Si admitís y aceptáis esa suposición, tendréis una visión clara de Nekrásov como poeta y como ciudadano. Servir al pueblo con todo su corazón y todo su talento significaba purificarse a sus propios ojos. El pueblo era para él una verdadera necesidad interior, y no sólo para escribir sus versos. En ese amor encontraba su justificación. Sus sentimientos por el pueblo elevaban su espíritu. Pero lo más importante es que no encontraba el objeto de su amor entre la gente que le rodeaba ni entre las cosas que esas personas honraban y reverenciaban. Al contrario, cuando sentía repugnancia por esa vida a la que había sucumbido en momentos de debilidad y vicio, se apartaba de esas personas y se aproximaba a los afligidos, a los sufrientes, a los simples de corazón y a los humillados; iba, se golpeaba contra las losas de su pobre iglesia aldeana y hallaba la curación. No habría elegido esa salida si no hubiera tenido fe en ella. En su amor al pueblo encontraba algo inmutable, una salida segura y sagrada para todo lo que le atormentaba. Y si eso es así, cabe deducir que no encontraba nada más sagrado, inmutable y verdadero que reverenciar. Naturalmente, no podía pretender que unas simples poesías sobre el pueblo lo justificaran todo. Y si eso es así, cabe deducir que reverenciaba la verdad del pueblo. Si no halló en su vida nada más digno de amor que el pueblo, es que reconoció la verdad del pueblo y la verdad en el pueblo, y aceptó que en él reside y se conserva la verdad. Aunque no lo reconociera con plena conciencia, asumiéndolo entre sus convicciones, lo admitía con el corazón como un hecho irrefutable e irrebatible. En ese campesino lleno de vicios, cuya imagen humillante y humillada tanto le atormentaba, encontraba también algo verdadero y sagrado que no podía menos de honrar, a lo que se sentía obligado a responder con todo su corazón. Ésa es la razón de que lo situara, cuando hablé más arriba de su importancia literaria, entre quienes reconocían la verdad del pueblo. Su eterna búsqueda de esa verdad, su eterno anhelo y aspiración a ella, atestiguan claramente, lo repito, que una necesidad interior, una necesidad suprema, le acercaba al pueblo; y a la vez, esa necesidad pone también de manifiesto su íntima, constante y eterna pena, una pena incesante, que jamás pudieron aplacar ningún sutil razonamiento de la tentación, ninguna paradoja, ninguna justificación práctica. Y si eso es así, cabe concluir que sufrió toda su vida… En tal caso, ¿quiénes somos nosotros para juzgarlo? Y si somos jueces, no podemos ser fiscales.