El doble
El doble –Yo, Krestián Ivánovich –comenzó el señor Goliadkin con una sonrisa–, he venido a molestarlo por segunda vez, y por segunda vez me atrevo a solicitar su indulgencia… –Era evidente que al señor Goliadkin le resultaba difÃcil dar con las palabras justas.
–Hum… ¡sÃ! –dijo Krestián Ivánovich, soltando una bocanada de humo y colocando el cigarro sobre la mesa–, pero lo que usted necesita es a mis prescripciones atenerse; ya le he explicado, ya le he explicado la vez pasada, que su tratamiento debe consistir en un cambio de costumbres… Diversiones, por ejemplo; bueno, vamos, a amigos y conocidos visitar debe, a la botella no escapar; frecuentar regularmente la compañÃa de gente alegre.
El señor Goliadkin, siempre sonriendo, señaló raudo que le parecÃa ser uno más, que era dueño de sà mismo, que se divertÃa como todo el mundo… que, por supuesto, podÃa ir al teatro, ya que también, al igual que todos, disponÃa de medios, que de dÃa estaba en el trabajo y por la tarde en su casa, que no tenÃa problema alguno; incluso señaló de paso que, según le parecÃa, no era peor que los demás, que vivÃa en casa, en su propio piso, y que, por último, tenÃa a Petrushka. Ahà el señor Goliadkin se cortó.