El doble

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Por lo visto, Krestián Ivánovich no esperaba ni deseaba en lo más mínimo ver al señor Goliadkin, porque de pronto, por un instante, se azoró y su rostro dibujó un mohín extraño, podría incluso decirse de descontento. Dado que, por su parte, el señor Goliadkin casi siempre aparecía inoportunamente y se embrollaba en los momentos en los que tenía ocasión de abordar a alguien con sus asuntillos personales, también ahora, no habiendo preparado la primera frase, que para él resultaba en tales casos un verdadero escollo, se turbó terriblemente, balbuceó algo –al parecer, pidió perdón– y, sin saber qué hacer, tomó una silla y se sentó. Pero, dándose cuenta de que se había sentado sin que lo invitaran, sintió de inmediato su falta de decoro y se apresuró a reparar su error contra las normas de cortesía y el buen tono, levantándose enseguida del sitio que había ocupado sin invitación. Después, recapacitando y advirtiendo que había cometido dos estupideces a la vez, se decidió, sin más dilación, a una tercera, es decir, intentó ofrecer una disculpa, murmuró algo sonriendo, se puso rojo, se azoró, guardó un expresivo silencio y, por fin, acabó por sentarse ya definitivamente, armándose por las dudas de esa misma mirada desafiante que tenía el extraordinario poder de pulverizar y aniquilar imaginariamente a todos los enemigos del señor Goliadkin. Por encima de todo, esa mirada expresaba cabalmente la independencia del señor Goliadkin, es decir, anunciaba claramente que el señor Goliadkin no tenía problema alguno, que era un hombre hecho y derecho como todo el mundo y que, en cualquier caso, no se metía donde no lo llamaban. Krestián Ivánovich carraspeó, tosió por lo visto en señal de aprobación y conformidad y miró con detenimiento y curiosidad al señor Goliadkin.


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