El doble

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El día, por lo visto, ya estaba bien avanzado. En la habitación reinaba una inusual claridad; los rayos de sol se filtraban densos a través de los cristales cubiertos de escarcha y se esparcían generosos, lo que sorprendió no poco al señor Goliadkin, puesto que era solo al mediodía cuando el sol se asomaba a su morada; antes, casi nunca se habían producido tales excepciones en el derrotero del astro celeste, al menos hasta donde él podía recordar. Apenas tuvo tiempo nuestro héroe de sorprenderse cuando el reloj de pared empezó a zumbar tras el tabique y se dispuso a dar la hora. «¡Ah, ahora!», pensó, y con angustiada expectación se dispuso a escuchar… Pero, para total y definitivo asombro del señor Goliadkin, el reloj hizo un gran esfuerzo y sonó solo una vez. «¿Qué historia es esta?», exclamó nuestro héroe, saltando de una vez de la cama. Así como estaba, sin dar crédito a sus oídos, saltó al otro lado del tabique. El reloj en efecto marcaba la una. El señor Goliadkin echó una ojeada a la cama de Petrushka, pero en la habitación no quedaba de este ni el olor; su cama, por lo visto, había sido hecha hacía rato y dejada tal como estaba; sus botas tampoco se veían por ninguna parte, signo inequívoco de que Petrushka en efecto no se encontraba en casa. El señor Goliadkin se dirigió rápidamente a la puerta: estaba cerrada. Sin dar largas al asunto, el señor Goliadkin volvió aprisa a su habitación, se echó en la cama, se cubrió con la manta y cerró fuerte los ojos…


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