El doble

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El señor Goliadkin iba a abrir la puerta para salir a la calle cuando, de pronto, en ese mismo instante, ante el porche, retumbó el carruaje de su excelencia. Antes de que pudiera recobrarse de su asombro, las portezuelas del coche se abrieron desde dentro y el señor que viajaba en él saltó al porche. El pasajero no era otro que el mismo señor Goliadkin menor que se había ausentado diez minutos antes. El señor Goliadkin mayor recordó que la casa del director se hallaba a solo dos pasos de allí. «Está en misión especial», pensó nuestro héroe. Entretanto, el señor Goliadkin menor, sacando del coche un grueso portafolio verde y otros papeles, dio al fin una orden al cochero, abrió la puerta casi empujando con ella al señor Goliadkin mayor y, no reparando adrede en él para fastidiarlo, subió a toda prisa la escalera de la oficina. «¡Qué mal! –pensó el señor Goliadkin–. ¡Adónde ha ido a parar nuestro asunto! ¡Vaya! ¡Santo Dios!» Nuestro héroe no se movió durante medio minuto, hasta que finalmente se decidió. Sin pararse a pensar, sintiendo además fuertes palpitaciones en el pecho y un temblor en todos los miembros, corrió en persecución de su conocido. «¡Ah, que sea lo que sea! ¿A mí qué más me da? No tengo parte en este asunto –pensaba mientras se quitaba el sombrero, el capote y los chanclos en el recibidor–. Además, la cosa está aún por delante, ¡déjala! Y yo ahora obraré con atrevimiento, así, con decisión y osadía, de un modo noble, quitándome la máscara, y además soy un hombre en su derecho… en fin… etcétera… ¡bueno, qué más da!»


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