El doble

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CAPÍTULO XI LOS ENEMIGOS DEL SEÑOR GOLIADKIN AVANZAN DE FRENTE, A ALGUNOS DE ELLOS SE LES CAE DEFINITIVAMENTE LA MÁSCARA, Y MUCHAS COSAS –TOTALMENTE INNECESARIAS, POR CIERTO– QUEDAN AL DESCUBIERTO. EL SEÑOR GOLIADKIN EXPLICA EN ESA OCASIÓN PROPICIA QUE HAY IMPULSOS DEL ALMA POR LOS QUE CUALQUIER SUPERIOR DEBERÍA SENTIR MÁXIMA SIMPATÍA; PERO ANTÓN ANTÓNOVICH SÉTOCHKIN, PASÁNDOSE AL BANDO DE LOS ENEMIGOS DEL SEÑOR GOLIADKIN, DEMUESTRA EXACTAMENTE LO CONTRARIO. DE HASTA QUÉ PUNTO LA ACTITUD DEL SEÑOR GOLIADKIN ES BIENINTENCIONADA. AUN ASÍ, NADIE SIMPATIZA CON EL SEÑOR GOLIADKIN, Y ÉL NO PUEDE ENTENDERSE CON NADIE

Cuando el señor Goliadkin entró en su oficina, ya había oscurecido por completo. Ni Andréi Filíppovich ni Antón Antónovich estaban en la sala. Ambos se hallaban en el despacho del director presentando sus informes; por su parte, el director, según los rumores, tenía prisa a su vez para entrevistarse con su superior. Por estas circunstancias, y además porque el crepúsculo contribuía a ello y se terminaba ya el horario de oficina, algunos de los empleados, particularmente los jóvenes, se entregaban a cierta ociosidad cuando entró nuestro héroe; se agrupaban, hablaban, conversaban, reían, e incluso algunos de los más jóvenes, es decir, de los empleados de rango más bajo, a hurtadillas y aprovechando el bullicio general, jugaban al cara o cruz en un rincón, junto a una ventanita. Sabiendo cómo debía comportarse y sintiendo en ese momento una especial necesidad de acercamiento y complacencia, el señor Goliadkin se acercó de inmediato a aquellos con los que se llevaba mejor para desearles buenos días, etc. Pero los compañeros respondieron de un modo extraño al saludo del señor Goliadkin. Este quedó pasmado ante la general frialdad, sequedad e, incluso, puede decirse severidad del recibimiento. Nadie le tendió la mano. Otros simplemente dijeron «hola» y se apartaron; otros apenas saludaron con la cabeza; más de uno sencillamente le dio la espalda e hizo como que no había reparado en él; por último –y eso fue lo que más ofendió al señor Goliadkin–, algunos de los jóvenes de menor rango, muchachos de los que el señor Goliadkin tan justamente afirmaba que todo lo que sabían hacer era jugarse el sueldo a cara o cruz y deambular por ahí, poco a poco empezaron a rodearlo, a agruparse en torno a él, impidiéndole casi la salida. Todos lo miraban con una curiosidad diríase insultante.


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