El doble
El doble Diciendo esto, el señor Goliadkin guardó la carta en el bolsillo lateral de su uniforme y se abrochó este hasta arriba; luego, con una mirada, para gran sorpresa suya, se percató de que ya se encontraba en el zaguán, en medio de una multitud de empleados que se apiñaba para salir, puesto que la jornada de trabajo había acabado. El señor Goliadkin no solo no había advertido hasta entonces esta última circunstancia, sino que ni siquiera había advertido ni recordaba cómo de pronto se encontraba con el capote y los chanclos puestos y con el sombrero en las manos. Todos los empleados estaban inquietos y en respetuosa espera. El caso es que su excelencia se había detenido en la parte inferior de la escalera en espera de su carruaje, demorado por algún motivo, y tenía una conversación muy interesante con dos consejeros y con Andréi Filíppovich. Un poco más allá de los dos consejeros y de Andréi Filíppovich se hallaban Antón Antónovich Sétochkin y otros empleados que sonreían de buena gana al ver que su excelencia se permitía bromear y reír. Los empleados que se apiñaban en la parte superior de la escalera también sonreían y aguardaban a que su excelencia volviera a reír. El único que no sonreía era Fedoseich, el portero barrigón que sostenía la manija de la puerta en posición de firmes y aguardaba impaciente su ración cotidiana de placer, consistente en abrir con amplitud, de una sola vez, con un solo golpe de mano, un batiente de la puerta, para luego, doblándose por la cintura, dejar pasar reverentemente a su excelencia. Pero, por lo visto, quien más alegre estaba y saboreaba el placer era el indigno e innoble enemigo del señor Goliadkin. En ese instante, se había olvidado incluso de todos los empleados, había dejado incluso de aullar y brincar entre ellos, según su vil costumbre, se había olvidado incluso de aprovechar la ocasión para adular a alguien. Era todo ojos y oídos y se encogía de un modo extraño, quizá para escuchar mejor, sin apartar la vista de su excelencia, y solo por momentos sus manos, piernas y cabeza se sacudían en contracciones apenas perceptibles que denunciaban los movimientos íntimos y secretos de su alma.