El doble
El doble El café en el que entraron ambos señores Goliadkin, alejado de las calles principales, estaba en ese momento completamente vacÃo. Una alemana bastante gorda apareció tras el mostrador apenas se oyó la campanilla. El señor Goliadkin y su indigno enemigo pasaron a la segunda sala, donde un niño regordete con el pelo rapado trajinaba junto a la estufa con un manojo de astillas tratando de avivar el fuego que en ella languidecÃa. Por pedido del señor Goliadkin menor, les sirvieron chocolate.
–Apetitosa la muchacha –dijo el señor Goliadkin menor, guiñando pÃcaramente un ojo al señor Goliadkin mayor.
Nuestro héroe se ruborizó y guardó silencio.
–Ah, sÃ, lo he olvidado, disculpe. Conozco su gusto. A nosotros, señor, nos gustan las alemanas delgaditas; digamos que a ti y a mÃ, Iákov Petróvich, alma cándida, nos gustan las alemanas delgaditas, aunque no por ello privadas de encanto; les alquilamos pisos, ponemos a prueba su moralidad, les entregamos nuestro corazón por sus Biersuppe y sus Milchsuppe,26 y nos comprometemos con ellas… Eso es lo que hacemos. ¡Eres todo un Faublas! ¡Todo un traidor!