El doble
El doble El señor Goliadkin, como suele decirse, se puso lívido cuando terminó de leer la imprevista carta, terrible y espantosa ya por el solo hecho de ser totalmente imprevista. ¡Cuántas circunstancias discordantes, cuántos golpes, cuántos horrores contradictorios! Pálido, conmovido y alarmado, el señor Goliadkin se levantó de la silla. La vista se le enturbiaba; se sentía mal. Al cabo de un momento, sin embargo, se recobró y llamó a Petrushka. Petrushka entró tambaleándose, sosteniéndose con extraña negligencia y con cierto ademán servil y triunfal en el rostro. Era evidente que Petrushka se había propuesto algo, que se sentía en todo su derecho y que tenía un aire completamente ajeno, es decir, como si fuera el criado de otra persona y no el antiguo criado del señor Goliadkin.
–Pues ya ves, querido –dijo, ahogándose, nuestro héroe–. ¿Qué hora es, querido?