El doble
El doble Petrushka, en silencio, se dirigió al otro lado del tabique; al volver, con un tono bastante independiente, le informó de que iban a ser las siete y media.
–Bueno, está bien, querido, está bien. Pues bien, mira, querido…, permÃteme que te diga, querido, que entre nosotros, por lo visto, todo ha acabado.
Petrushka callaba.
–Bueno, ahora que entre nosotros todo ha acabado, dime francamente, como amigo, dónde has estado, hermano.
–¿Que dónde he estado? Con buena gente, señor.
–Lo sé, amigo, lo sé. Yo siempre he estado contento contigo, querido, y te daré una carta de recomendación… Pues bien, ¿qué haces con ellos ahora?
–¡Qué dice, señor! Usted mismo lo sabe, señor. Ya se sabe, una buena persona no te enseña a hacer el mal.
–Lo sé, querido, lo sé. Hoy las buenas personas escasean, amigo; valóralas, amigo. Y bien, ¿cómo están ellos?
–Ya se sabe cómo están, señor. Solo que ahora, señor, ya no puedo ser más su criado; usted mismo lo sabe, señor.
–Lo sé, querido, lo sé; conozco tu celo y empeño; lo he visto, amigo, lo he notado. Yo te respeto, amigo. Yo a un hombre bueno y honrado lo respeto, por más que sea un lacayo.