El doble
El doble Petrushka dejó sin atar el hato con ropa blanca, almohadas, mantas, sábanas y demás trapos que había juntado y salió corriendo. El señor Goliadkin, entretanto, tomó una vez más la carta… pero no pudo leerla. Con la desdichada cabeza entre las dos manos, se apoyó pasmado contra la pared. No podía pensar ni tampoco hacer nada; ni él mismo sabía lo que le pasaba. Finalmente, al ver que el tiempo pasaba y que ni Petrushka ni el abrigo aparecían, el señor Goliadkin decidió ir por su cuenta. Al abrir la puerta del zaguán, oyó abajo ruido, rumores, discusiones y voces… Varias vecinas estaban charlando, gritando, deliberando, disputando sobre algo… y el señor Goliadkin sabía exactamente sobre qué. Se oyó la voz de Petrushka; después se oyeron unos pasos. «¡Dios mío! ¡Van a reunir aquí a todo el mundo!», dijo en un gemido, retorciéndose las manos de desesperación y volviendo enseguida a su cuarto. Al entrar, se desplomó casi sin sentido en el sofá, con la cara hundida en la almohada. Estuvo un minuto así tendido; luego se levantó de un salto y, sin esperar a Petrushka, se puso los chanclos, el sombrero, el capote, tomó la cartera y bajó corriendo la escalera.