El doble

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Así de desesperado reflexionaba nuestro héroe. De pronto, volvió en sí y advirtió que estaba en la calle Litéinaia. El tiempo estaba horrible: deshelaba, caía nieve, llovía… punto por punto como en aquel inolvidable momento en que, a esa terrible hora de la medianoche, comenzaron todas sus desgracias. «¡Qué viaje ni viaje! –pensó el señor Goliadkin al observar el tiempo–. Esto es la muerte, aquí todo está muerto… ¡Dios santo! A ver, ¿dónde voy a encontrar un coche aquí, por ejemplo? Allí en la esquina parece que asoma uno. Veamos e investiguemos… ¡Dios santo! –continuó nuestro héroe, dirigiendo sus débiles e inseguros pasos hacia el lugar donde le había parecido ver un coche–. No, esto es lo que haré: iré, caeré a sus pies, si es posible, y pediré su mano humildemente. Diré una cosa y otra, que pongo mi suerte en sus manos, en manos de mis superiores, que su excelencia proteja y beneficie a este hombre; que esto y que lo otro, que una cosa y otra, que es un acto ilegítimo; que no me arruine, que lo tomo a usted por un padre, no me deje… Salve mi amor propio, mi honor, mi nombre y mi apellido… Y sálveme de ese malvado, de ese hombre depravado… Él es otro hombre, su excelencia, y yo también soy otro hombre; él sigue su camino y yo sigo el mío; en verdad, yo sigo el mío, su excelencia, yo sigo el mío, así es. Le diré que no puedo parecerme a él, que lo sustituya, que tenga la benevolencia de ordenar su sustitución y acabe con un reemplazo impío y arbitrario… para que no sirva de ejemplo a otros, su excelencia. Lo tomo a usted por un padre; los superiores, desde luego, los superiores bienhechores y venerables deben alentar iniciativas como la mía… Hay en ellas incluso algo de caballeresco. Lo tomo a usted por un padre, autoridad bienhechora, le entrego mi destino sin objeción alguna, me entrego por entero y me aparto yo mismo del servicio… ¡Eso es!»


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