El doble
El doble El general no respondió nada, pero tiró fuerte del cordón de la campanilla. Nuestro héroe dio otro paso adelante.
–Es un hombre ruin y depravado, su excelencia –dijo nuestro héroe fuera de sà y pasmado de espanto, pero, aun asÃ, señalando con resolución y valentÃa a su indigno gemelo, que en ese instante daba pasitos junto a su excelencia–. Asà son las cosas, estoy aludiendo a una persona conocida.
Las palabras del señor Goliadkin fueron seguidas de una conmoción general. Andréi FilÃppovich y el desconocido negaban con la cabeza; su excelencia tiró impaciente y con todas sus fuerzas del cordón de la campanilla para llamar a sus criados. Ahà el señor Goliadkin menor dio a su vez un paso adelante.
–Su excelencia –dijo–, le pido humildemente permiso para hablarle. –En la voz del señor Goliadkin menor sonó una nota de extrema resolución; todo en él indicaba que se sentÃa enteramente en su derecho–. PermÃtame preguntarle –comenzó de nuevo, anticipando en su celo la respuesta de su excelencia y dirigiéndose esta vez al señor Goliadkin–, permÃtame preguntarle: ¿en presencia de quién se explica usted asÃ? ¿Ante quién está? ¿En el despacho de quién se encuentra?… –El señor Goliadkin menor era presa de una extraordinaria agitación, estaba todo encarnado y ardÃa de indignación e ira; incluso le asomaron lágrimas a los ojos.