El doble

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–Bueno, está bien, está bien, vaya con Dios. Examinaré su caso y ordenaré que lo acompañen… –Ahí el general cruzó una mirada con el desconocido de patillas espesas. Este, en señal de aprobación, movió la cabeza.

El señor Goliadkin sentía y comprendía claramente que lo tomaban por otra cosa, y en absoluto como correspondía. «De algún modo u otro tengo que explicarme –pensó–, decirle varias cosas, su excelencia.» En su embarazo, bajó los ojos al suelo y, para gran sorpresa suya, vio en las botas de su excelencia una considerable mancha blanca. «¿Acaso se le han roto?», pensó el señor Goliadkin. Pronto, sin embargo, descubrió que las botas de su excelencia no estaban para nada rotas, sino que reflejaban vivamente la luz, fenómeno perfectamente explicable por el hecho de que las botas eran de charol y brillaban con intensidad. «Eso se llama realce –pensó nuestro héroe–, nombre que se emplea sobre todo en los talleres de los pintores; en otros sitios a ese reflejo lo llaman arista luminosa.» Ahí el señor Goliadkin levantó los ojos y vio que era hora de hablar, porque el asunto podía terminar muy mal… Nuestro héroe dio un paso adelante.

–Digo que así son las cosas, su excelencia, y que con la impostura no se va a ninguna parte en nuestros tiempos.


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