El doble
El doble Su excelencia le volvió la espalda. Nuestro héroe estuvo unos instantes sin poder distinguir nada con sus ojos. El pecho se le oprimía; se le cortaba la respiración. No sabía dónde estaba… Lo embargó cierta vergüenza y tristeza. Dios sabía qué iría a suceder… Cuando se recobró, nuestro héroe advirtió que su excelencia hablaba con sus invitados y parecía deliberar en un tono seco y brusco con ellos. El señor Goliadkin reconoció de inmediato a uno de los invitados. Era Andréi Filíppovich. A otro no lo reconoció, pero su rostro también le resultaba conocido: era una figura alta, robusta, ya entrada en años, con unas cejas y patillas bastante espesas y de una mirada expresiva y penetrante. El desconocido llevaba una condecoración en el cuello y un cigarro en la boca; fumaba sin quitarse el cigarro de los labios, asentía significativamente con la cabeza y, de vez en cuando, echaba un vistazo al señor Goliadkin. El señor Goliadkin empezó a sentirse incómodo; apartó los ojos a un lado y allí vio a otro invitado muy extraño. Junto a una puerta que nuestro héroe había tomado hasta entonces por un espejo, como ya le había pasado en otras ocasiones, apareció él… bien se sabe quién, el muy íntimo conocido y amigo del señor Goliadkin. El señor Goliadkin menor, en efecto, había estado hasta ese momento en otra pequeña sala, escribiendo algo a toda prisa; ahora, por lo visto, se requería su presencia, y apareció con unos documentos bajo el brazo, se acercó a su excelencia y, con mucha habilidad, aguardando una exclusiva atención, logró entremezclarse en la conversación y conciliábulo, ocupando un sitio un poco a espaldas de Andréi Filíppovich y ocultándose a medias detrás del desconocido del cigarro. Al parecer, el señor Goliadkin menor participaba con sumo interés en la conversación, que ahora escuchaba con aire noble, moviendo la cabeza, no dejando quietos los pies, sonriendo, mirando a cada momento a su excelencia como implorándole con los ojos que también a él le permitieran aportar su granito de arena. «¡Canalla!», pensó el señor Goliadkin, dando involuntariamente un paso hacia delante. En ese instante, el general29 se volvió y, con bastante irresolución, se acercó al señor Goliadkin.