El doble

El doble

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

CAPÍTULO XIV DE CÓMO EL SEÑOR GOLIADKIN RAPTA A KLARA OLSÚFIEVNA. DE CÓMO SUCEDIÓ TODO LO QUE EL SEÑOR GOLIADKIN PRESENTÍA. FINAL DE TODA ESTA HISTORIA COMPLETAMENTE INVEROSÍMIL

Parecía que el tiempo quería mejorar. En efecto, el aguanieve que hasta entonces había caído a cántaros empezó poco a poco a menguar y, por último, cesó por completo. Se dejó ver el cielo, y en él, por aquí y por allí, chispeaban estrellitas. Pero todo seguía mojado, embarrado, húmedo y sofocante, sobre todo para el señor Goliadkin, que ya sin eso apenas podía contener el aliento. El capote empapado y más pesado le impregnaba todos los miembros con una humedad desagradablemente cálida, y con su peso doblegaba sus ya de por sí muy debilitadas piernas. Cierto temblor febril recorría como un hormigueo punzante y corrosivo todo su cuerpo; el agotamiento le producía un sudor frío, enfermizo, por lo que el señor Goliadkin esta vez olvidó, pese a lo oportuno de la ocasión, repetir con la firmeza y resolución que le eran inherentes su frase favorita, que en una de esas, a lo mejor, de algún modo, seguro y sin falta, todo se arreglaría. «Por lo demás, todo esto no tiene aún importancia», añadió nuestro fuerte héroe sin perder el ánimo, enjugando de su rostro las gotas de agua fría que chorreaban por todas partes desde el ala redonda de su sombrero, tan calado que ya no podía contener el agua. Tras añadir que nada tenía aún importancia, nuestro héroe trató de sentarse en un tocón bastante grueso cerca de un montón de leña en el patio de Olsufi Ivánovich. Por supuesto, en serenatas españolas y escaleras de seda no cabía ya siquiera pensar, pero en un rinconcito apartado que fuera, si no cálido, al menos acogedor y oculto, sí cabía pensar. Lo seducía fuertemente, dicho sea de paso, el mismo rinconcito en el zaguán del piso de Olsufi Ivánovich, donde ya anteriormente, casi al comienzo de esta verídica historia, nuestro héroe había pasado sus dos horas entre un armario y unos biombos viejos, entre toda suerte de trastos, cachivaches y cacharros. Ahora también el señor Goliadkin llevaba ya dos horas enteras de pie esperando en el patio de Olsufi Ivánovich. Pero, en cuanto al rinconcito apartado y acogedor de marras, había ahora algunos inconvenientes que antes no se habían presentado. El primer inconveniente era que, probablemente, ese lugar estaba ahora vigilado y respecto a él se habían tomado algunas medidas preventivas desde aquella historia en el último baile de Olsufi Ivánovich; el segundo era que debía esperar una señal convenida de parte de Klara Olsúfievna, porque desde luego debía existir una señal convenida cualquiera. Así ocurría siempre y «por así decirlo, no somos los primeros ni seremos los últimos». El señor Goliadkin recordó a propósito cierta novela que ya había leído hacía mucho tiempo en la que la heroína daba una señal convenida a su Alfred en una circunstancia exactamente similar a esta, atando a la ventana una cintita rosa. Pero una cintita rosa ahora, de noche y bajo el clima petersburgués, célebre por su humedad y destemplanza, poco tenía que ver en el asunto, y, en una palabra, era del todo imposible. «No, aquí no caben escalas de seda –pensó nuestro héroe–. Yo mejor me quedo aquí, tranquilito, apartado y escondido… yo mejor me quedo aquí, por ejemplo», y eligió un lugarcito en el patio enfrente mismo de las ventanas de Olsufi Ivánovich, junto a un montón de leña apilada. Por supuesto, por el patio iban y venían muchas personas ajenas, postillones, cocheros; también traqueteaban las ruedas, resollaban los caballos y demás; pero, de todas formas, el lugar era cómodo: primero, allí se podía actuar a hurtadillas, y, segundo, lo advirtieran o no, al menos tenía la ventaja de que todo transcurría en cierto modo a la sombra, y al señor Goliadkin nadie lo veía, mientras que él podía ver decididamente todo. Las ventanas estaban vivamente iluminadas; se celebraba una reunión de gala en casa de Olsufi Ivánovich. Los músicos, sin embargo, aún no se oían. «O sea, que no es un baile, sino que se han reunido por otro motivo –pensó con cierta angustia nuestro héroe–. Pero ¿era hoy? –cruzó por su cabeza–. ¿No me habré equivocado de fecha? Puede ser, todo puede ser… Así es, todo puede ser… También puede ser que la carta fuera escrita ayer y no me llegara, y que no me llegara porque Petrushka se entrometió. ¡Canalla que es! O quizá fue escrita mañana, es decir, que yo… que había que hacer todo mañana, es decir, esperar con el coche…» Ahí nuestro héroe quedó definitivamente aterido de frío y hurgó en su bolsillo en busca de la carta para cerciorarse. «Pero ¿cómo es esto? –susurró medio muerto el señor Goliadkin–. Pero ¿dónde la he dejado? ¿La habré perdido? ¡Lo único que faltaba! –dijo al fin en un gemido, como conclusión–. Y ¿si la he perdido de alguna manera? Y ¿si ahora cae en malas manos? ¡Si no es que ya ha caído! ¡Dios! ¡Qué consecuencias tendrá esto! ¡Qué consecuencias tendrá! Lo que pasará si… ¡Ay, qué destino aborrecible el mío!» Entonces empezó a temblar como una hoja ante la idea de que, acaso, su indecente gemelo, al arrojarle el capote por la cabeza, tuviera precisamente el objetivo de robarle la carta, de la cual tendría información, de algún modo, por los enemigos del señor Goliadkin. «Además, la intercepta como prueba… –pensó nuestro héroe–. ¡Y vaya prueba!…» Tras el primer acceso y pasmo de terror, la sangre le afluyó a la cabeza. Con un gemido y rechinando los dientes, se sujetó la cabeza ardiente, se dejó caer en el tocón y se puso a pensar en algo… Pero las ideas no lograban hilvanarse en su mente. Desfilaron algunos rostros; acudieron, ora confusa, ora nítidamente, algunos sucesos desde hacía mucho olvidados, vinieron a su recuerdo motivos de estúpidas canciones… ¡Su angustia, su angustia excedía todo límite! «¡Dios mío! ¡Dios mío! –pensó cuando se recobró un poco, reprimiendo un hondo sollozo en el pecho–. ¡Dame fortaleza de espíritu en la insondable profundidad de mi desgracia! Que estoy perdido, acabado por completo, no cabe ya ninguna duda, y eso está en el orden de las cosas, pues no puede ser de otra manera. En primer lugar, he perdido mi puesto, sin duda lo he perdido, es imposible que no lo haya perdido… A ver, supongamos que las cosas se arreglen de alguna manera. Supongamos que mi dinerito me alcance para un primer momento; allí habrá que conseguir otro pisito, harán falta algunos mueblecitos… Petrushka, en primer lugar, ya no estará conmigo. Puedo arreglármelas sin ese canalla… Me ayudarán los otros inquilinos. ¡Bueno, está bien! Entraré y saldré cuando me dé la gana, y Petrushka no rezongará si vuelvo tarde… Eso es; por eso son buenos los inquilinos… Bueno, supongamos que todo va bien; solo que ¿por qué me pongo a hablar de cualquier cosa menos de la que debo hablar? Así es como será… Es así como será…» Entonces la idea de su situación actual volvió a iluminar la memoria del señor Goliadkin. Echó un vistazo. «¡Ay, Dios mío, Dios mío! ¡Dios mío! ¿De qué estoy hablando ahora?», pensó, desconcertado por completo y sujetándose la cabeza ardiente…


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker