El doble
El doble ParecĂa que el tiempo querĂa mejorar. En efecto, el aguanieve que hasta entonces habĂa caĂdo a cántaros empezĂł poco a poco a menguar y, por Ăşltimo, cesĂł por completo. Se dejĂł ver el cielo, y en Ă©l, por aquĂ y por allĂ, chispeaban estrellitas. Pero todo seguĂa mojado, embarrado, hĂşmedo y sofocante, sobre todo para el señor Goliadkin, que ya sin eso apenas podĂa contener el aliento. El capote empapado y más pesado le impregnaba todos los miembros con una humedad desagradablemente cálida, y con su peso doblegaba sus ya de por sĂ muy debilitadas piernas. Cierto temblor febril recorrĂa como un hormigueo punzante y corrosivo todo su cuerpo; el agotamiento le producĂa un sudor frĂo, enfermizo, por lo que el señor Goliadkin esta vez olvidĂł, pese a lo oportuno de la ocasiĂłn, repetir con la firmeza y resoluciĂłn que le eran inherentes su frase favorita, que en una de esas, a lo mejor, de algĂşn modo, seguro y sin falta, todo se arreglarĂa. «Por lo demás, todo esto no tiene aĂşn importancia», añadiĂł nuestro fuerte hĂ©roe sin perder el ánimo, enjugando de su rostro las gotas de agua frĂa que chorreaban por todas partes desde el ala redonda de su sombrero, tan calado que ya no podĂa contener el agua. Tras añadir que nada tenĂa aĂşn importancia, nuestro hĂ©roe tratĂł de sentarse en un tocĂłn bastante grueso cerca de un montĂłn de leña en el patio de Olsufi Ivánovich. Por supuesto, en serenatas españolas y escaleras de seda no cabĂa ya siquiera pensar, pero en un rinconcito apartado que fuera, si no cálido, al menos acogedor y oculto, sĂ cabĂa pensar. Lo seducĂa fuertemente, dicho sea de paso, el mismo rinconcito en el zaguán del piso de Olsufi Ivánovich, donde ya anteriormente, casi al comienzo de esta verĂdica historia, nuestro hĂ©roe habĂa pasado sus dos horas entre un armario y unos biombos viejos, entre toda suerte de trastos, cachivaches y cacharros. Ahora tambiĂ©n el señor Goliadkin llevaba ya dos horas enteras de pie esperando en el patio de Olsufi Ivánovich. Pero, en cuanto al rinconcito apartado y acogedor de marras, habĂa ahora algunos inconvenientes que antes no se habĂan presentado. El primer inconveniente era que, probablemente, ese lugar estaba ahora vigilado y respecto a Ă©l se habĂan tomado algunas medidas preventivas desde aquella historia en el Ăşltimo baile de Olsufi Ivánovich; el segundo era que debĂa esperar una señal convenida de parte de Klara OlsĂşfievna, porque desde luego debĂa existir una señal convenida cualquiera. AsĂ ocurrĂa siempre y «por asĂ decirlo, no somos los primeros ni seremos los Ăşltimos». El señor Goliadkin recordĂł a propĂłsito cierta novela que ya habĂa leĂdo hacĂa mucho tiempo en la que la heroĂna daba una señal convenida a su Alfred en una circunstancia exactamente similar a esta, atando a la ventana una cintita rosa. Pero una cintita rosa ahora, de noche y bajo el clima petersburguĂ©s, cĂ©lebre por su humedad y destemplanza, poco tenĂa que ver en el asunto, y, en una palabra, era del todo imposible. «No, aquĂ no caben escalas de seda –pensĂł nuestro hĂ©roe–. Yo mejor me quedo aquĂ, tranquilito, apartado y escondido… yo mejor me quedo aquĂ, por ejemplo», y eligiĂł un lugarcito en el patio enfrente mismo de las ventanas de Olsufi Ivánovich, junto a un montĂłn de leña apilada. Por supuesto, por el patio iban y venĂan muchas personas ajenas, postillones, cocheros; tambiĂ©n traqueteaban las ruedas, resollaban los caballos y demás; pero, de todas formas, el lugar era cĂłmodo: primero, allĂ se podĂa actuar a hurtadillas, y, segundo, lo advirtieran o no, al menos tenĂa la ventaja de que todo transcurrĂa en cierto modo a la sombra, y al señor Goliadkin nadie lo veĂa, mientras que Ă©l podĂa ver decididamente todo. Las ventanas estaban vivamente iluminadas; se celebraba una reuniĂłn de gala en casa de Olsufi Ivánovich. Los mĂşsicos, sin embargo, aĂşn no se oĂan. «O sea, que no es un baile, sino que se han reunido por otro motivo –pensĂł con cierta angustia nuestro hĂ©roe–. Pero Âżera hoy? –cruzĂł por su cabeza–. ÂżNo me habrĂ© equivocado de fecha? Puede ser, todo puede ser… AsĂ es, todo puede ser… TambiĂ©n puede ser que la carta fuera escrita ayer y no me llegara, y que no me llegara porque Petrushka se entrometiĂł. ¡Canalla que es! O quizá fue escrita mañana, es decir, que yo… que habĂa que hacer todo mañana, es decir, esperar con el coche…» AhĂ nuestro hĂ©roe quedĂł definitivamente aterido de frĂo y hurgĂł en su bolsillo en busca de la carta para cerciorarse. «Pero ÂżcĂłmo es esto? –susurrĂł medio muerto el señor Goliadkin–. Pero ÂżdĂłnde la he dejado? ÂżLa habrĂ© perdido? ¡Lo Ăşnico que faltaba! –dijo al fin en un gemido, como conclusiĂłn–. Y Âżsi la he perdido de alguna manera? Y Âżsi ahora cae en malas manos? ¡Si no es que ya ha caĂdo! ¡Dios! ¡QuĂ© consecuencias tendrá esto! ¡QuĂ© consecuencias tendrá! Lo que pasará si… ¡Ay, quĂ© destino aborrecible el mĂo!» Entonces empezĂł a temblar como una hoja ante la idea de que, acaso, su indecente gemelo, al arrojarle el capote por la cabeza, tuviera precisamente el objetivo de robarle la carta, de la cual tendrĂa informaciĂłn, de algĂşn modo, por los enemigos del señor Goliadkin. «Además, la intercepta como prueba… –pensĂł nuestro hĂ©roe–. ¡Y vaya prueba!…» Tras el primer acceso y pasmo de terror, la sangre le afluyĂł a la cabeza. Con un gemido y rechinando los dientes, se sujetĂł la cabeza ardiente, se dejĂł caer en el tocĂłn y se puso a pensar en algo… Pero las ideas no lograban hilvanarse en su mente. Desfilaron algunos rostros; acudieron, ora confusa, ora nĂtidamente, algunos sucesos desde hacĂa mucho olvidados, vinieron a su recuerdo motivos de estĂşpidas canciones… ¡Su angustia, su angustia excedĂa todo lĂmite! «¡Dios mĂo! ¡Dios mĂo! –pensĂł cuando se recobrĂł un poco, reprimiendo un hondo sollozo en el pecho–. ¡Dame fortaleza de espĂritu en la insondable profundidad de mi desgracia! Que estoy perdido, acabado por completo, no cabe ya ninguna duda, y eso está en el orden de las cosas, pues no puede ser de otra manera. En primer lugar, he perdido mi puesto, sin duda lo he perdido, es imposible que no lo haya perdido… A ver, supongamos que las cosas se arreglen de alguna manera. Supongamos que mi dinerito me alcance para un primer momento; allĂ habrá que conseguir otro pisito, harán falta algunos mueblecitos… Petrushka, en primer lugar, ya no estará conmigo. Puedo arreglármelas sin ese canalla… Me ayudarán los otros inquilinos. ¡Bueno, está bien! EntrarĂ© y saldrĂ© cuando me dĂ© la gana, y Petrushka no rezongará si vuelvo tarde… Eso es; por eso son buenos los inquilinos… Bueno, supongamos que todo va bien; solo que Âżpor quĂ© me pongo a hablar de cualquier cosa menos de la que debo hablar? AsĂ es como será… Es asĂ como será…» Entonces la idea de su situaciĂłn actual volviĂł a iluminar la memoria del señor Goliadkin. EchĂł un vistazo. «¡Ay, Dios mĂo, Dios mĂo! ¡Dios mĂo! ÂżDe quĂ© estoy hablando ahora?», pensĂł, desconcertado por completo y sujetándose la cabeza ardiente…