El doble

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–¡Ríanse, señores, ríanse por ahora! Vivan y ya verán –dijo con sentimiento de dignidad ofendida, tomando el sombrero y encaminándose a las puertas–. Pero les diré algo más, señores –añadió dirigiéndose por última vez a los señores registradores–. Les diré algo más ahora que los tengo cara a cara, señores. Estas son mis reglas, señores: si no resulta, me vuelvo más fuerte, y, si resulta, me mantengo firme; en todo caso, no le serrucho el piso a nadie. No soy un intrigante, y me enorgullezco de no serlo. No serviría para diplomático. Además, señores, dicen que el ave vuela sola hacia el cazador. Que así sea; puedo estar de acuerdo, pero ¿quién es aquí el ave y quién el cazador? ¡Ahí tienen otra pregunta, señores!

El señor Goliadkin guardó un silencio elocuente y, con un mohín muy significativo, es decir, levantando las cejas y apretando los dientes muy fuerte, hizo sendas reverencias a los empleados y se retiró, dejando a estos en el mayor asombro.

–¿Adónde manda? –preguntó con bastante severidad Petrushka, harto por lo visto de deambular en el frío–. ¿Adónde manda? –le preguntó al señor Goliadkin al recibir la terrible y aniquiladora mirada, esa misma mirada de la que nuestro héroe ya se había armado aquella mañana y a la que ahora recurría por tercera vez al bajar la escalera.

–Al puente Izmáilovski.


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