El doble
El doble –Les diré algo como amigo, señores –respondió nuestro héroe tras una breve pausa, como si se hubiera decidido (y asà era, en efecto) a revelarles un secreto–. Todos ustedes me conocen, señores, pero hasta ahora solo han conocido una de mis facetas. No hay a quien reprocharle esa circunstancia, aunque en parte debo confesar que yo mismo soy el culpable.
El señor Goliadkin apretó los labios y miró expresivamente a los empleados. Estos volvieron a intercambiar guiños.
–Hasta ahora, señores, ustedes me han conocido solo en parte y no del todo… Explicárselo aquà y ahora no serÃa lo más adecuado. Solo les diré algo de pasada y muy por encima. Hay gente, señores, a la que no le gusta andarse con rodeos y solo se pone máscara en las mascaradas. Hay gente para la cual la finalidad última del hombre no es saber lustrar el parquet con las botas. También hay gente, señores, que no se sentirá feliz ni vivirá plenamente porque, por ejemplo, los pantalones le calzan bien. Por último, señores, hay gente a la que nos le gusta andarse con brincos y volteretas asà porque sÃ, embaucar y adular, y, sobre todo, señores, meter la nariz donde nadie la llama… Señores, les he dicho casi todo; permÃtanme ahora que me retire…
El señor Goliadkin se detuvo. Los señores registradores, ahora plenamente satisfechos, rompieron a reÃr con extrema descortesÃa. El señor Goliadkin se inflamó.