El doble
El doble –¡¿Qué?!… ¡¿Qué?! –Andréi FilÃppovich quedó casi pasmado de asombro. El señor Goliadkin, que hasta entonces habÃa hablado con Andréi FilÃppovich desde unos escalones más abajo, mirándolo de tal modo que parecÃa dispuesto a saltarle directamente a los ojos, al ver que el jefe de departamento estaba un poco azorado, dio, casi sin percatarse, un paso adelante. Andréi FilÃppovich se hizo atrás. El señor Goliadkin subió otro escalón, y luego otro. Andréi FilÃppovich miró inquieto a su alrededor. El señor Goliadkin empezó de pronto a subir rápido la escalera. Más rápido aún se escurrió Andréi FilÃppovich en la habitación y dio un portazo. El señor Goliadkin quedó solo. Los ojos se le nublaron. Se extravió por completo y ahora se habÃa sumido en absurda meditación, como recordando cierto episodio también muy absurdo ocurrido hacÃa poco tiempo. «¡Ay, ay!», susurró sonriendo con esfuerzo. Entretanto, en la parte baja de la escalera, se oyeron voces y pasos, seguramente de otros invitados que llegaban a casa de Olsufi Ivánovich. El señor Goliadkin volvió parcialmente en sÃ, se levantó raudo el cuello de mapache, se ocultó tras él como pudo y a pasitrote, dando tropiezos y trompicones, se precipitó escaleras abajo. SentÃa en su interior una especie de debilidad y entumecimiento. Su turbación era tal que, al salir al porche, no esperó siquiera a que se acercara su coche, sino que anduvo directamente hasta él a través del patio cubierto de barro. Al llegar al vehÃculo y disponerse a ocupar su sitio, deseaba que se lo tragara la tierra, o desaparecer en una ratonera junto con su coche. Le parecÃa que todas las personas presentes en casa de Olsufi Ivánovich lo miraban en ese momento desde cada una de las ventanas. SabÃa que sin falta morirÃa allà mismo si se daba la vuelta.