El doble
El doble –¿De qué te ríes, imbécil? –dijo a toda prisa a Petrushka, que se preparaba para acomodarlo en el coche.
–¿De qué me río? De nada. ¿Adónde manda?
–A casa, vamos…
–¡A casa! –gritó Petrushka, montando al estribo trasero.
«¡Qué voz de cuervo tiene!», pensó el señor Goliadkin. Mientras tanto, el coche ya se había alejado bastante del puente Izmáilovski. De repente, nuestro héroe tiró con todas sus fuerzas del cordón y le gritó al cochero que volviera de inmediato. El cochero hizo volver a los caballos y dos minutos más tarde entraba otra vez en el patio de Olsufi Ivánovich.
–¡No, idiota, no, vuelve! –gritó el señor Goliadkin, y el cochero reaccionó como si aguardara la orden: sin objeción alguna ni detenerse junto a la entrada, dio una vuelta completa al patio y salió de nuevo a la calle.