El doble
El doble –Han traído la librea, señor.
–Póntela y ven aquí.
Petrushka se puso la librea y, sonriendo tontamente, entró en la habitación del señor. Estaba ataviado del modo más extraño que se pudiera imaginar. Llevaba una librea verde, muy raída, con galones dorados a medio colgar y, al parecer, cosida para un hombre medio metro más alto que él. Tenía en las manos un sombrero galoneado también y con plumas verdes, y sobre la cintura llevaba una espada de lacayo en una funda de cuero.
Por último, para completar el cuadro, Petrushka, fiel a su amada costumbre de andar siempre a medio vestir, como en casa, iba ahora también descalzo. El señor Goliadkin examinó a Petrushka de pies a cabeza y, al parecer, quedó satisfecho. La librea, por lo visto, había sido alquilada para alguna ocasión solemne. También era de notar que, durante el examen, Petrushka miraba al señor con extraña expectación y seguía con singular curiosidad cada uno de sus movimientos, lo que azoraba en extremo al señor Goliadkin.
–Y bien, ¿el coche?
–Ya ha llegado.
–¿Para todo el día?
–Para todo el día. Veinticinco rublos.
–Y las botas, ¿las han traído?
–Sí, las han traído.