El doble

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«Pero ¿qué es esto? –pensó el señor Goliadkin–. ¿Dónde estará Petrushka?» Y, aún con su ropa de dormir, volvió a echar un vistazo tras el tabique. Petrushka otra vez no estaba, pero sí había en el suelo un samovar que, enfadado, enardecido y fuera de sí, amenazando a cada momento con derramarse, farfullaba excitado y a toda prisa algo en su enrevesada lengua, ceceando y tartajeando, como diciéndole al señor Goliadkin: «Pero ¡tómenme de una vez, buena gente, si ya he hervido y estoy a punto!».

«¡Que se lo lleve el diablo! –pensó el señor Goliadkin–. Este bestia y holgazán es capaz de sacar de quicio a cualquiera. ¿Por dónde estará dando vueltas?» Con justa indignación pasó al recibidor, que era un pequeño pasillo en cuyo extremo se hallaba la puerta que daba al zaguán; la abrió apenas y vio a su criado rodeado por un grupo bastante nutrido de lacayos y toda suerte de gentuza. Petrushka contaba algo y los demás escuchaban. Por lo visto, ni el tema de la conversación ni la conversación misma agradaron al señor Goliadkin. Enseguida llamó de un grito a Petrushka y volvió a su habitación completamente disgustado, incluso apesadumbrado. «Este bestia es capaz de vender a cualquiera por dos monedas, y más aún a su señor –pensó–. Y me ha vendido, seguro que me ha vendido; apostaría a que me ha vendido por menos de un centavo.»

–Bueno, ¿qué hay?


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