El doble

El doble

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Tras mostrarse satisfecho de que las botas le fueran bien, el señor Goliadkin pidió té y agua para asearse y afeitarse. Se afeitó con sumo cuidado y de igual forma se lavó; bebió el té deprisa y se abocó a la última e importante tarea de vestirse: se puso unos pantalones casi nuevos, luego una pechera con botoncitos de bronce, un chaleco con florecitas muy llamativas y agradables; se ató al cuello una abigarrada corbata de seda y, por último, se puso un uniforme también nuevecito y pulcramente cepillado. Mientras se vestía miró varias veces encantado sus botas, levantando a cada instante ora un pie, ora el otro, admirando su corte, murmurando todo el tiempo algo entre dientes y haciendo cada tanto guiños expresivos a lo que ocupaba su pensamiento. Esa mañana, sin embargo, el señor Goliadkin andaba sumamente distraído, porque casi no reparó en las sonrisitas y en las muecas que a sus expensas hacía Petrushka mientras lo ayudaba a vestirse. Finalmente, tras hacer todo lo que es debido y ya vestido por completo, el señor Goliadkin se metió la cartera en el bolsillo, admiró por última vez a Petrushka, que se había puesto las botas y estaba por tanto listo también, y, cerciorándose de que nada quedaba por hacer ni nada había que esperar, descendió por la escalera deprisa, agitadamente, con una ligera palpitación. Un coche de punto celeste con unos escudos en las portezuelas12 rodó con estrépito hacia el porche. Petrushka, intercambiando un guiño con el cochero y otros pazguatos que andaban por allí, ayudó a su amo a tomar asiento en el vehículo; con una voz inusual y apenas conteniendo su estúpida risa gritó: «¡En marcha!», saltó al estribo trasero y todo ese conjunto echó a rodar con ruido y estrépito, tintineando y rechinando, en dirección a la Avenida Nevski. En cuanto el carruaje celeste atravesó el portón, el señor Goliadkin se frotó convulsivamente las manos y prorrumpió en una risa queda e inaudible, como un hombre de carácter alegre al que le sale bien una broma y está la mar de contento de ella. Sin embargo, inmediatamente después del ataque de alegría, la risa del señor Goliadkin se trocó en una expresión de extraña preocupación. A pesar de que el tiempo estaba húmedo y nublado, bajó las dos ventanillas del coche y se puso a observar detenidamente a los transeúntes, a derecha e izquierda, adoptando enseguida un aire grave y decoroso cuando advertía que alguien lo miraba. En la esquina de Litéinaia y Avenida Nevski se estremeció, presa de una sensación desagradable, y, frunciendo el ceño como un desgraciado al que sin querer le han pisado un callo, se echó precipitadamente, incluso con pavor, contra el rincón más oscuro de su coche. Sucede que había visto a dos compañeros suyos de trabajo, dos jóvenes empleados de la misma oficina en la que trabajaba él. Los empleados, según le pareció al señor Goliadkin, mostraban por su parte gran perplejidad al encontrarse así con su compañero; uno de ellos hasta lo señaló con el dedo. Al señor Goliadkin le pareció incluso que lo había llamado de un grito por el nombre de pila, lo cual, desde luego, resultaba muy indecoroso en la calle. Nuestro héroe se escondió y no respondió. «¡Vaya chiquillos! –empezó a reflexionar consigo mismo–. Y ¿qué tiene esto de extraño? Un hombre en coche; un hombre necesita un coche y toma uno. ¡Canallas de mala muerte! Yo los conozco. ¡Son apenas unos chiquillos a los que todavía hay que azotar! Lo único que les importa es jugarse el sueldo a cara o cruz y deambular por ahí. Ya les cantaría las cuarenta a todos ellos, si no fuera porque…» El señor Goliadkin no terminó la frase y quedó pasmado. Dos vigorosos caballos de Kazán, muy conocidos por el señor Goliadkin y enganchados a un elegante drozhki13, pasaban raudamente por el lado derecho de su vehículo. El señor que viajaba en el drozhki, al ver por casualidad el rostro del señor Goliadkin, que había asomado la cabeza por la ventanilla con bastante imprudencia, también quedó visiblemente sorprendido ante tan inesperado encuentro, e, inclinándose cuanto pudo, se puso a escrutar con gran curiosidad e interés el rincón del coche en el que nuestro héroe había tenido el súbito impulso de esconderse. El señor del drozhki era Andréi Filíppovich, jefe de departamento en la misma dependencia en la que el señor Goliadkin cumplía sus servicios como ayudante de jefe de despacho. El señor Goliadkin, al ver que Andréi Filíppovich lo había reconocido sin lugar a dudas, que lo miraba con los ojos bien abiertos y que esconderse ya era imposible, se puso rojo hasta las orejas. «¿Lo saludo o no? ¿Le respondo o no? ¿Reconozco que soy yo o no? –pensaba con indescriptible angustia nuestro héroe–. O ¿simulo que no soy yo, sino otro con un parecido sorprendente a mí, y lo miro como quien no quiere la cosa? ¡Eso mismo! ¡No soy yo! ¡No soy yo y punto! –dijo el señor Goliadkin quitándose el sombrero ante Andréi Filíppovich y sin apartar los ojos de él–. Yo, yo… no tengo problema –susurró a duras penas–. Yo… no tengo problema alguno; yo no soy yo, Andréi Filíppovich, no soy en absoluto yo, no soy yo y punto.» Pronto, sin embargo, el drozhki lo rebasó y el magnetismo de la mirada del jefe cesó de obrar finalmente su influjo. No obstante, el señor Goliadkin seguía encarnado, sonriendo y murmurando algo entre dientes… «He sido un tonto en no responder –pensó por último–. Tendría que haber actuado con atrevimiento y con una franqueza no privada de hidalguía. Haberle dicho que así y asá, Andréi Filíppovich, yo también estoy invitado al almuerzo, y punto.» Luego, recordando de pronto el chasco que se había llevado, nuestro héroe se encendió como el fuego, frunció el ceño y lanzó una mirada terrible y desafiante al rincón delantero del coche, una mirada destinada a pulverizar en el acto a todos sus enemigos. Finalmente, guiado por una súbita inspiración, tiró del cordón atado al codo del cochero, hizo detener el coche y le ordenó volver a la calle Litéinaia. El caso es que el señor Goliadkin sintió la urgente necesidad, seguramente para su propia tranquilidad, de decirle algo muy importante a Krestián Ivánovich, su médico. Y aunque conocía a este desde hacía muy poco tiempo, pues lo había visitado solamente una vez la semana anterior a raíz de ciertos inconvenientes, un doctor, como suele decirse, es un confesor; ocultarle algo sería una tontería, ya que es obligación suya conocer a su paciente. «Pero ¿estará bien esto? –continuó nuestro héroe al bajar en la entrada de un edificio de cuatro pisos de la calle Litéinaia ante el cual había ordenado detener el coche–. ¿Estará bien esto? ¿Será correcto? ¿Vendrá al caso? Aunque ¿qué tiene de malo? –continuó mientras subía por la escalera, tomando aliento y conteniendo los latidos de su corazón, que tenía la costumbre de palpitar en todas las escaleras ajenas–. ¿Qué tiene de malo? Vengo por un asunto mío y no hay en ello nada censurable… Me parece que no hay nada censurable. Ocultarse sería una tontería. Haré como que todo está bien, que vengo a visitarlo así, de paso… Él verá que todo está en el orden de las cosas.»


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker