El doble
El doble De pronto, el señor Goliadkin se calló, se paró en seco y empezó a temblar como una hoja, incluso cerró los ojos por un momento. Con la esperanza, sin embargo, de que el objeto de su terror fuera solo una ilusión, abrió al fin los ojos y, tímidamente, miró de reojo a la derecha. ¡No, no era una ilusión! Junto a él trotaba su conocido de la mañana, sonreía, lo miraba a la cara y, por lo visto, aguardaba la ocasión para entablar conversación. No obstante, la conversación no se entabló. Ambos caminaron unos cincuenta pasos así. Todo el afán del señor Goliadkin era hundirse y enterrarse lo más posible en su capote y encasquetarse el sombrero al máximo, hasta los ojos. Para colmo de agravios, el capote y el sombrero de su conocido también eran idénticos a los del señor Goliadkin, como si se los hubieran quitado.
–Muy señor mío –dijo por último nuestro héroe, tratando de hablar casi en un susurro y sin mirar a su conocido–. Me parece que vamos por caminos distintos… Estoy bien seguro –dijo tras breve pausa–. Por último, estoy seguro de que me ha comprendido perfectamente –remató con tono bastante severo.