El doble
El doble –Yo quisiera… –dijo al fin el conocido del señor Goliadkin–, yo quisiera… Usted seguramente tendrá la magnanimidad de disculparme… No sé a quién recurrir aquÃ… mi situación… Espero que disculpe mi atrevimiento… pero me ha parecido que usted, movido por la compasión, ha mostrado interés por mà esta mañana. Por mi parte, me he sentido atraÃdo hacia usted desde el primer momento que lo he visto… –Ahà el señor Goliadkin deseó mentalmente que la tierra tragara a su nuevo compañero–. Si me atreviera a esperar que usted, Iákov Petróvich, se dignase escucharme con indulgencia…
–Nosotros… aquÃ… nosotros… mejor vayamos a mi casa –respondió el señor Goliadkin–. Ahora cruzaremos al otro lado de la Nevski; allà hablaremos más cómodos, y luego tomaremos un pasajito… mejor tomemos un pasajito. Por ese pasajito cortaremos camino.
–Muy bien, señor. Tomemos un pasajito si usted lo desea –dijo tÃmidamente el pacÃfico compañero de ruta del señor Goliadkin, como dando a entender por el tono de su respuesta que no era él quien podÃa decidir, y que en su situación estaba dispuesto a contentarse con el pasajito. En cuanto al señor Goliadkin, no entendÃa en absoluto qué era lo que le ocurrÃa. No creÃa en sà mismo. No lograba salir de su asombro.