El doble
El doble Como de costumbre, a la mañana siguiente el señor Goliadkin se despertó a las ocho; se despertó y recordó de inmediato todos los sucesos de la noche anterior; recordó y frunció el ceño. «¡Ay, ayer me comporté como un auténtico imbécil!», pensó, levantándose y mirando hacia la cama de su invitado. Pero ¡cuál no fue su sorpresa al ver que faltaba no solo el invitado, sino también la cama en la que este había dormido! «¿Qué es esto? –dijo casi en un grito el señor Goliadkin–. Pero ¿qué ha pasado? ¿Qué significa esta nueva ocurrencia?» Mientras el señor Goliadkin, perplejo, miraba boquiabierto el lugar vacío, crujió la puerta y Petrushka entró con el servicio de té. «¿Dónde está? ¿Dónde está?», dijo con voz apenas audible nuestro héroe, señalando con el dedo el lugar que ayer le había sido reservado al invitado. Petrushka primero no respondió nada, ni siquiera miró a su señor, sino que volvió los ojos hacia el rincón de la derecha, de tal modo que el propio señor Goliadkin se vio obligado a mirar hacia allí. Sin embargo, tras un breve silencio, Petrushka, con voz ronca y áspera, respondió que el señor no estaba en casa.