El doble
El doble Por último, el señor Goliadkin se acostó. La cabeza le zumbaba, le crujía, le retumbaba. Empezó a adormecerse, a adormecerse… Pugnó por pensar en otra cosa, por recordar algo muy interesante, por resolver algo muy importante, un asunto delicado… pero no pudo. El sueño se abatió sobre su desdichada cabeza y se durmió como suele hacerlo la gente que no está acostumbrada a beberse de golpe cinco vasos de ponche en una velada amistosa.