El doble
El doble Por último, despidiéndose de él amistosamente, se fue a dormir. El invitado, a todo esto, empezó a roncar. El señor Goliadkin, a su vez, se dispuso a acostarse y, mientras lo hacÃa, reÃa y susurraba para sus adentros: «Pero ¡si estás borracho hoy, palomito mÃo, Iákov Petróvich, menudo canalla eres, vaya Goliadka que eres, tu apellido ya lo dice! A ver, ¿de qué te alegras? Si mañana te echarás a llorar, con lo llorón que eres, ¿qué voy a hacer contigo?». Ahà una sensación bastante extraña atravesó de lado a lado al señor Goliadkin, algo semejante a la duda o al remordimiento. «Me he soltado hoy –pensaba–, y ahora me zumba la cabeza y estoy borracho. ¡No pudiste contenerte, zopenco! DecÃas tonterÃas por los codos y encima hablabas de ser astuto, canalla. Por supuesto, perdonar y olvidar las ofensas es la primera de las virtudes. Pero, como sea, ¡está mal! ¡Está mal!» Ahà el señor Goliadkin se levantó, tomó una vela y, de puntillas, se dirigió otra vez a examinar a su invitado. Estuvo mucho tiempo inclinado sobre él, sumido en profunda meditación. «¡Un cuadro desagradable! ¡Una farsa, una farsa con todas las letras, ni más ni menos!»