El eterno marido
El eterno marido Lo que primero le vino a la memoria fueron, no estados de sensibilidad, sino cosas que antaño le habían herido o molestado. Recordaba ciertos fracasos mundanos, ciertas humillaciones; recordaba, por ejemplo, las «calumnias de un intrigante» a causa de las cuales habían dejado de recibirle en una casa; o bien cómo, no hacía mucho, había soportado una ofensa premeditada y pública, sin pedir cuentas al ofensor; y cómo, un día, en una reunión de señoras de la mejor sociedad, había sido víctima de un punzante epigrama, al que no supo qué responder… Recordaba también dos o tres deudas que no había pagado, deudas insignificantes, es cierto, pero deudas de honor al cabo, contraídas con personas que había dejado de ver y de las que, sin embargo, se permitía hablar mal cuando llegaba el caso. Sufría asimismo, pero únicamente en sus ratos peores, a la idea de haber malgastado del modo más estúpido dos fortunas, ambas considerables… Pero pronto le tocaba la vez a los recuerdos y remordimientos de orden «superior». De improviso, por ejemplo, «sin ton ni son», surgía, del fondo de un olvido absoluto, la figura de un empleado viejecito, calvo y grotesco, al que un día, hacía ya mucho tiempo, ofendiera impunemente, por pura bravata, sólo por hacer un chiste muy gracioso y que fue muy celebrado. A tal punto había olvidado toda aquella historia, que no conseguía dar con el nombre del viejecito. Y sin embargo, evocaba todos los detalles de la escena con una claridad extraordinaria. Recordaba perfectamente que el viejo había defendido la reputación de su hija, solterona ya madura, que vivía con él, y respecto a la cual se habían hecho correr rumores malévolos. El vejete había dado la cara y se había enfurecido; luego, de pronto, rompió a llorar delante de todo el mundo, cosa que hizo cierta impresión. Habían acabado por atracarle de champagne y hacer burla de él. Y ahora que, «sin ton ni son», evocaba Veltchaninov al pobre viejecito sollozando, hundido el rostro entre las manos, como un niño, le parecía imposible haber podido olvidarlo. Y, cosa extraña, esta historia, que en otro tiempo encontraba tan cómica, le hacía ahora una impresión contraria, sobre todo algunos detalles, sobre todo la cabeza hundida entre las manos.