El eterno marido
El eterno marido —¿Por qué? No veo; es un pequeño brindis sumamente ingenioso.
—Vamos a ver, ¿estaba usted ya borracho antes de venir?
—¡Psé!, habÃa bebido un poco. ¿Por qué me lo pregunta usted?
—¡Oh!, por nada. Pero me habÃa parecido ver anoche, y esta mañana sobre todo, que tenÃa usted un verdadero sentimiento por la muerte de Natalia Vasilievna.
—¿Y quién le dice a usted que mi sentimiento es menos verdadero en este instante? —exclamó Pavel Pavlovich, saltando de nuevo, como movido por un resorte.
—No es eso lo que quiero decir. Pero, en fin, usted mismo reconocerá que se engañó respecto a Stepan Mikhailovich, cosa que no deja de tener su importancia.
—¡Ah, está usted ardiendo por saber cómo he podido enterarme de lo que atañe a Stepan Mikhailovich!
Veltchaninov enrojeció de cólera.
—Le repito a usted que me es indiferente.
«¿Y si le pusiera de patitas en la calle con su botella?», pensó. Y su cólera crecÃa, y sus mejillas se amorataban.
—¡En fin, nada de eso tiene importancia! —dijo Pavel Pavlovich, como si quisiera darle ánimos. Y se llenó otra vez la copa.