El eterno marido

El eterno marido

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—No es por usted, de ningún modo… no se enfade usted… no es por usted… —tartamudeó Pavel Pavlovich, con los ojos en tierra. En eso entró Mavra con el champagne.— ¡Ah, aquí viene! —exclamó Pavel Pavlovich, visiblemente encantado de la interrupción—. ¡Copas, madrecita, copas! ¡Magnífico…! Magnífico; es todo lo que necesitamos. ¿Lo han descorchado ya? ¡Admirable, hermosa criatura, admirable! Puede usted retirarse.

Había cobrado otra vez valor. De nuevo miró a Veltchaninov cara a cara, con aire de audacia.

—Confiese usted —dijo otra vez con su risita sardónica—, que todo esto le intriga a usted enormemente, y dista mucho de serle «completamente igual», como decía usted antes. ¡Como que se sentiría usted muy defraudado si yo me fuese ahora sin explicarle nada!

—Está usted en un error; no me sentiría defraudado lo más mínimo.

«¡Estás mintiendo!», parecía decir la sonrisa de Pavel Pavlovich.

—¿Sí? Pues, entonces, bebamos —y llenó las copas.

—Bebamos —repitió, levantando la suya—; a la salud póstuma de nuestro pobre amigo Stepan Mikhailovich.

—Ese brindis es absurdo —dijo Veltchaninov dejando su copa en la mesa, sin beber.


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