El eterno marido
El eterno marido Y en su mirada brilló de pronto algo nuevo, imprevisto, que transfiguró súbitamente su rostro, hasta entonces descompuesto por una risita sardónica y repulsiva.
—¿Cómo? ¿No sabía usted nada? —gritó Veltchaninov estupefacto.
—¡Ah, con que es cierto!; ¿usted se figuraba que yo sabía…? ¡Ah, estos Júpiter! ¡Para ellos, un hombre es poco más que un perro, y se figuran que todo el mundo está cortado por el mismo miserable patrón que ellos…! ¡Ay, qué asco…!
Y descargó un violento puñetazo sobre la mesa; pero, asustándose en seguida de tanto estrépito, miró a su alrededor con ojos medrosos.
Veltchaninov había recobrado ya toda su sangre fría.
—Mire usted, Pavel Pavlovich, usted comprenderá que a mí me es completamente igual que usted estuviera o no enterado. Claro que el que usted no lo supiera le hace honor a usted, aunque… Por otra parte, no me explico la causa de que me haya tomado usted por confidente.