El eterno marido
El eterno marido «¡Vamos, animal, explÃcate más de prisa, que no me agradan las medias palabras!», pensaba Veltchaninov, ardiendo en ira y conteniéndose a duras penas.
—Pero, vamos a ver, diga usted —exclamó, al fin, con mal humor—; si es verdad que tiene usted motivos de agravio contra Stepan Mikhailovich (ya no le llamaba Bagautov a secas) , lo natural es que se alegre usted vivamente de la muerte de su ofensor; y más bien parece usted sentirla.
—¿Alegrarme? ¿Alegrarme? ¿Y por qué?
—¡Caramba, yo juzgo poniéndome en el lugar de usted!
—¡Ah, pues en ese caso debe usted equivocarse de medio a medio respecto a mis sentimientos! ¡Ya lo dijo el sabio: «Bien está el enemigo muerto; mejor aun el enemigo vivo»! ¿No cree usted también?
—Pero, en fin, me parece que en cinco años que le ha visto a usted todos los dÃas, ha tenido usted ya tiempo de contemplarle —replicó Veltchaninov, con acento mordaz y agresivo.
—Pero ¿acaso sabÃa yo entonces? ¿Es que usted se figura que yo estaba enterado? —exclamó violentamente, poniéndose de nuevo en pie de un salto, y como satisfecho de ver llegar al fin una pregunta que desde hacÃa tiempo hubiese esperado—. Pero, Aléksieyi Ivanovich, ¿por quién me ha tomado usted?