El eterno marido
El eterno marido —¿Por qué? ¿Porque le he dicho a usted la verdad…? Mire, Aléksieyi Ivanovich, harÃa usted mucho mejor en ofrecerme algo de beber. Como yo hice en T… con usted, durante todo un año, sin dejar un dÃa… Mande usted que traigan una botella; tengo seca la garganta.
—Con mucho gusto; haberlo dicho antes… ¿Usted qué es lo que bebe?
—Diga usted bebemos, en plural; no irá usted a dejarme beber solo, ¿eh?
Y Pavel Pavlovich le miraba fijamente en los ojos, con aire de reto, y como presa de una extraña inquietud.
—¿Champagne…?
—Evidentemente. TodavÃa no hemos caÃdo en el aguardiente.
Veltchaninov se levantó sin apresurarse, llamó a Mavra y le hizo el encargo.
—¡Brindaremos por nuestro venturoso encuentro, después de nueve años de separación! —exclamó Pavel Pavlovich, con una carcajada absurda y que abortó—. ¡Ahora, a usted le toca, usted es ya mi único amigo! ¡Stepan Mikhailovich Bagautov desapareció! Es como dijo el poeta:
¡Muerto está el gran Patroclo,
y en vida aun el vil Tersites!»
Y al decir Tersites, se señalaba a sà propio con el dedo.