El eterno marido

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—Vamos, vamos, no irá usted a enfadarse ahora con él —dijo Veltchaninov sonriendo—. ¡No supondrá usted que se ha muerto adrede!

—Pero ¡cómo! ¡Si lo que le tengo es muchísima lástima! ¡Ya lo creo; un amigo como no los hay!… Fíjese, fíjese usted en todo lo que era para mí.

Y de pronto, del modo más imprevisto, Pavel Pavlovich se llevó dos dedos a la frente calva, enderezándolos a manera de cuernecitos, y riendo con una risa tranquila y prolongada. Así estuvo más de medio minuto, mirando con una insolencia maliciosa, frente a frente, a Veltchaninov.

Éste quedó estupefacto, como si viese a un espectro; pero su estupefacción sólo duró un instante. Una sonrisa burlona, fría y provocativa, se dibujó lentamente en sus labios.

—¿Y qué quiere decir todo eso? —preguntó, fingiendo indiferencia, arrastrando las palabras.

—Eso quiere decir… ¡lo que de sobra sabe usted! —respondió Pavel Pavlovich, retirando al fin los dedos de la frente.

Ambos callaron unos instantes.

—¿Sabe usted que tiene usted estómago? —continuó Veltchaninov.


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