El eterno marido
El eterno marido Pavel Pavlovich tardó unos segundos en contestar.
—¡Pues nuestro amigo Stepan Mikhailovich, que hace de las suyas…! ¡Sí, el mismo, Bagautov, el joven más distinguido y más guapo de Petersburgo!
—¿Es que se ha negado otra vez a recibir a usted?
—De ningún modo; esta vez me han recibido; han dejado que lo contemple, que admire su noble fisonomía… Sólo que ya no era más que la fisonomía de un muerto.
—¿Cómo? ¿Qué dice usted? ¿Bagautov ha muerto? —exclamó Veltchaninov con una profunda sorpresa, aunque no hubiese motivo para sorprenderse tanto.
—¡Sí, señor, el mismo…! ¡Ah, el excelente, el único amigo de seis años…! Ayer, al mediodía, fue cuando murió. ¡Y yo sin saber nada…! ¡Quién sabe; acaso murió en el mismo momento en que yo iba a preguntar por él! Mañana es el entierro; ya le han amortajado. Lo han metido en un ataúd forrado de terciopelo morado, con galones de oro…
Ha muerto de una fiebre… Me dejaron entrar a ver el cadáver. Dije que habíamos sido amigos íntimos, y por eso me dejaron entrar… ¡Tenga usted la bondad de fijarse en lo que ha hecho de mí ese entrañable amigo de seis años! ¡Es muy posible que él haya sido la única causa de mi venida a Petersburgo!