El eterno marido
El eterno marido Tranquilamente, sin frases inútiles, sin agitación superflua, le dio cuenta de lo que habÃa hecho durante el dÃa: le contó lo ocurrido en el trayecto, lo cariñosamente que habÃan recibido a Liza, lo buena que aquella temporadita en el campo serÃa para su salud. Luego, como si se olvidase de Liza, no habló más que de los Pogoreltsev. Elogió su bondad, la antigua amistad que le unÃa a ellos; dijo el hombre excelente y distinguido que era Pogoreltsev, y otra porción de cosas por el estilo. Pavel Pavlovich escuchaba con aire distraÃdo, lanzando a su interlocutor de cuando en cuando una sonrisita incisiva y sarcástica.
—Es usted un hombre entusiasta —murmuró al fin, con una risita maligna.
—Y usted está hoy de un humor detestable —repuso Veltchaninov, con acento de irritación.
—¿Y por qué no voy a ser malo y perverso, como todo el mundo? —gritó Pavel Pavlovich, poniéndose en pie de un salto.
ParecÃa como si no hubiese esperado más que una ocasión para estallar.
—¡Nadie se lo impide a usted! —dijo Veltchaninov, sonriendo—. Creà que le pasaba a usted algo en particular.
—SÃ, algo me ha pasado —exclamó el otro, ampulosamente, como enorgulleciéndose de ello.
—¿El qué?