El eterno marido
El eterno marido A la par que el regocijo, aumentaban su distracción y su impaciencia. Poco a poco, fue quedando pensativo, y su pensamiento inquieto flotaba de una cosa en otra, sin llegar a ninguna conclusión definitiva respecto a lo que en aquel momento más le importaba.
«Necesito a ese hombre; es preciso que yo lea en él hasta el fondo. Y además, hay que acabar de una vez. No hay más que una solución: ¡un duelo!»
Cuando volvió a su casa a las siete, no estaba todavía Pavel Pavlovich, cosa que le sorprendió en extremo. Luego pasó de la sorpresa a la cólera, de la cólera a la tristeza, y por fin, de la tristeza al miedo. «¡Sabe Dios cómo acabará todo esto!», se repetía, tan pronto caminando a grandes pasos por la habitación, como echado en el diván, pero sin quitar ojo del reloj.
Al fin, a eso de las nueve, llegó Pavel Pavlovich. «Si este hombre quiere jugar conmigo, ninguna ocasión mejor que ésta, a tal punto me siento fuera de mí», pensó, tomando su aire más afable y jovial.
Sonriendo, de muy buen humor, le preguntó cómo había tardado tanto. El otro sonrió también, con aire socarrón, y se sentó con gran desenvoltura, tirando encima de una silla el sombrero de la gasa negra.
Veltchaninov lo notó en seguida y se puso en guardia.