El eterno marido
El eterno marido —Pues sí, Aléksieyi Ivanovich, desde el mes de marzo ha sido que empecé a echarme a perder. Yo le diré a usted cómo ha sido. Escúcheme con atención. (Breve pausa. Luego, cada vez con más familiaridad) : La tisis, como usted sabe perfectamente, amigo mío, la tisis es una enfermedad curiosísima. Generalmente, el tísico se muere casi sin darse cuenta. Como que cinco horas antes de expirar estaba Natalia Vasilievna pensando en ir a ver, dentro de quince días, a una tía suya que vivía a cuarenta verstas de nosotros. Por otra parte, ya sabe usted la costumbre, o, mejor dicho, la manía que tienen muchas mujeres, y quizás también muchos hombres, de conservar todas las cartas de amor. Lo más seguro, ¿verdad?, es echarlas al fuego. Pues nada, ellas se empeñan en conservar el menor pedacito de papel, y lo guardan cuidadosamente en un sécrétaire o dentro de un cofrecillo; y hasta las clasifican, bien numeradas, por años, por categorías, por series. No sé si encuentran en ello algún consuelo; pero, por lo menos, debe suscitarles una porción de recuerdos agradables… Evidentemente, cuando, cinco horas antes de expirar, proyectaba ir a ver a su tía, no pensaba Natalia Vasilievna lo más mínimo en morirse; ni siquiera una hora antes, cuando quería que llamásemos al doctor Koch. Así sucedió que murió sin preocuparse del cofrecillo de ébano con incrustaciones de plata y nácar que había en su escritorio. Era un cofrecillo precioso, con una llavecita muy diminuta; un recuerdo de familia, que le venía de su abuela. ¡Pues bien, en aquel cofrecillo estaba todo! Pero todo, lo que se llama todo, sin excepción, desde hacía veinte años clasificado por años y por días. Y como Stepan Mikhailovich tenía una marcada afición a la literatura había muy bien en el cofrecillo unas cien cartas suyas; lo suficiente para hacer un folletín apasionado. Verdad es que la cosa había durado cinco años. Algunas de las cartas estaban anotadas por Natalia Vasilievna… Muy agradable para un marido, ¿no le parece a usted?