El eterno marido
El eterno marido Veltchaninov reflexionó un momento, recordando que jamás habÃa escrito a Natalia Vasilievna la menor carta; ni siquiera una esquela. Desde Petersburgo habÃa escrito dos cartas, pero dirigidas a ambos esposos, como tenÃan convenido. Ni siquiera habÃa contestado a la última carta de Natalia Vasilievna en que ésta le licenciaba.
Al terminar su relato, quedó Pavel Pavlovich en silencio un minuto largo, con su sonrisa insolente e interrogadora.
—¿Por qué no responde usted a mi pregunta?
—¿Qué pregunta?
—La referente a los sentimientos tan agradables que experimenta un marido al descubrir un cofrecillo de éstos.
—¿Y a mà qué me importa? —exclamó Veltchaninov, con aire agitado. Y levantándose, se puso a pasear de arriba abajo.
—Apuesto cualquier cosa a que, en este momento, está usted pensando: «¡Habráse visto animal, que, sin que nadie se lo pida, pone al descubierto su deshonra!» ¡Ja, ja! ¡Pone usted una cara de repugnancia!