El eterno marido
El eterno marido —No pienso semejante cosa. Al contrario. Usted está sobreexcitado por la muerte del hombre que le ofendió, y además ha bebido usted demasiado. No veo que tenga nada de particular. Comprendo perfectamente el interés de usted en que Bagautov viviese, y la decepción que ha sufrido con su muerte; pero…
—¿Y por qué cree usted que yo tenÃa tanto interés en que Bagautov viviese?
—Eso, usted sabrá.
—¿A que pensaba usted en un duelo?
—¡Al diablo! —exclamó Veltchaninov, cada vez menos dueño de sà mismo—. Lo que pensaba es que un hombre que sea un caballero… en un caso de este género, no se rebaja a habladurÃas absurdas, estúpidos visajes, gemidos ridÃculos y equÃvocos repugnantes, que no hacen más que degradar a quien los emplea; sino que procede francamente, abiertamente, sin reticencias… ¡como un caballero!
—¡Ja, ja! ¿De modo que yo no soy un caballero?
—Eso, también es cuenta de usted… Pero, vamos a ver, si no era por eso, ¿por qué demonios tenÃa usted tanto interés en que Bagautov viviese?
—¿Qué por qué? ¡Pues aunque no hubiera sido más que por el gusto de verle! HabrÃamos mandado buscar una botella, y la habrÃamos bebido juntos.
—Él se habrÃa negado a beber con usted.