El eterno marido

El eterno marido

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—¿Y por qué razón? Noblesse óblige! ¿No bebe usted conmigo? Pues ¿por qué iba a ser él más escrupuloso?

—¿Yo? Yo no he bebido con usted.

—¿A qué viene, de pronto, ese orgullo?

Veltchaninov se echó a reír, con una risa nerviosa y agitada.

—Pero ¡caramba!, se pone usted verdaderamente feroz. ¡Y yo que creía que no era usted más que un «eterno marido»!

—¿Cómo un eterno marido? ¿Qué quiere usted decir con eso? —exclamó Pavel Pavlovich, aguzando el oído.

—¡Oh!, nada, un tipo de marido… Es demasiado largo de explicar. Además, ya es hora de que se vaya usted. Es tarde y estoy muy cansado.

—¿Y por qué feroz? Ha dicho usted feroz.

—¿No comprende usted que se lo he dicho en broma?

—¡No! ¡Qué es lo que ha querido usted decir? ¡Dígamelo usted, Aléksieyi Ivanovich, se lo suplico, dígamelo, por amor de Dios o de Cristo!

—¡Vamos, basta! —dijo Veltchaninov, encolerizado—. ¡Ya es hora; váyase usted!


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